A principios de la década de 1960, A. W. Tozer identificó acertadamente la grave falta de reverencia en la iglesia. En los primeros párrafos de El conocimiento del Dios Santo, escribió: “Las palabras ‘Estad quietos, y conoced que yo soy Dios’ no significan nada en la práctica para el adorador bullicioso y confiado en sí mismo de este siglo XX”.[1] Han pasado más de cincuenta años desde que se publicaron por primera vez las palabras de Tozer, y el problema que identificó solo ha empeorado.
En muchas iglesias hoy en día no hay ni rastro del temor del Señor: no hay reverencia por Su Persona, Su obra o Su Palabra. Demasiadas congregaciones se dedican a asuntos triviales y tratan las Escrituras de manera frívola e irreverente. Para ellas, la Palabra de Dios solo importa en la medida en que les dice lo que quieren oír y reafirma el estilo de vida que desean llevar.
Esta falta moderna de reverencia hacia el Señor y Su Palabra comienza con el mal ejemplo de muchos pastores y líderes de iglesias: su falta de reverencia hacia el Señor y su enfoque superficial de Su verdad se filtran hacia sus rebaños, lo que aumenta exponencialmente el problema.
No hace falta decirlo, pero el pastor no está llamado a ser un director ejecutivo, un comediante o una estrella de rock. Está llamado a pastorear al pueblo de Dios, fortaleciendo su conocimiento y amor por el Señor y estimulando su crecimiento espiritual. Su labor es proteger y guiar, no entretener.
Incluso en medio de la defensa de sus credenciales apostólicas para su propia defensa, el apóstol Pablo fue un modelo de reverencia hacia el Señor. Tras responder a las acusaciones de los falsos maestros que se habían infiltrado en la iglesia de Corinto, Pablo hizo una pausa para aclarar lo que había escrito, diciendo: “¿Pensáis aún que nos disculpamos con vosotros? Delante de Dios en Cristo hablamos; y todo, muy amados, para vuestra edificación” (2 Co. 12:19).
Pablo no quería que los corintios malinterpretaran su extensa defensa de su apostolado e integridad. No estaba siendo juzgado ante ellos, y ellos no eran sus jueces. En última instancia, Pablo sabía que se encontraba ante un tribunal divino y, como fiel predicador de la Palabra, Dios era la única audiencia que le preocupaba.
Ya había dejado ese punto muy claro en su primera epístola a los corintios:
Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque, aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios (1 Co. 4:3–5).
A lo largo de su vida, Pablo fue profundamente consciente del Señor y de Su juicio final. La opinión popular no le importaba; él solo respondía ante Dios. Y animó a sus seguidores a imitar esa misma actitud. A Timoteo le escribió:
Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Ti. 4:1–2).
Más adelante, en el mismo capítulo, Pablo le recordó a Timoteo: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8).
Pablo no se dejó llevar por las trivialidades de su época. No le preocupaba satisfacer las necesidades percibidas de su comunidad ni ganarse el cariño de sus seguidores. Como pastor, estaba llamado a servir a las ovejas, pero esas ovejas no emitirían el juicio final sobre el trabajo que él realizaba. Que les cayera bien o mal no importaría cuando se presentara ante el Señor, y su reverencia por Dios le impulsó a permanecer fiel y enfocado hasta el final.
Así es como lo describió Tozer:
En la antigüedad se decía de los hombres de fe que ‘caminaban en el temor de Dios’ y que ‘servían al Señor con temor’. Por íntima que fuera su comunión con Dios, por osadas que fueran sus oraciones, en la base de su vida religiosa se hallaba el concepto de Dios como digno de temor reverente. Esta idea del Dios trascendente se encuentra en toda la Biblia y le da color a la personalidad de los santos. Ese temor de Dios era más que una aprensión natural al peligro; era un temor no racional, una aguda sensación de insuficiencia en la presencia de Dios.[2]
La vida y el ministerio de Pablo reflejaban el corazón reverente de un excelente pastor. Se le había confiado la obra del reino de Dios, y sabía que solo Dios dictaría el veredicto sobre su vida —y ese veredicto sería: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:21).

(Adaptado de 1 y 2 Corintios: Comentario MacArthur del Nuevo Testamento)
[1] A. W. Tozer, El conocimiento del Dios santo, (Florida: Vida, 1996), 5.
[2] Tozer, 79.