Es fácil olvidar que siempre hay personas que observan cómo vivimos. Pueden ser sus hijos, hermanos, compañeros de trabajo, amigos o vecinos; incluso pueden ser desconocidos que ven regularmente cómo se comporta. Independientemente de quién nos vea, muy poca parte de nuestra vida transcurre en total privacidad.
Por lo tanto, al considerar algunos principios clave de la Palabra de Dios que nos ayudan a determinar cómo comportarnos en las áreas grises de la vida —los temas y actividades sobre los que las Escrituras no hablan directamente—, debemos recordar que nuestro comportamiento también tiene repercusiones en los demás.
Con respecto al consumo de alimentos ofrecidos a los ídolos, que era un área gris muy importante en la iglesia primitiva, Pablo escribió: “Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles” (1 Co. 8:8–9).
Al ejercer nuestra libertad cristiana, debemos ser sensibles con los creyentes más débiles que puedan tener una conciencia más sensible. Debemos considerar en oración la pregunta: ¿Esta actividad beneficiará a los demás o les hará tropezar?
La forma en que se comporta en las áreas grises de la vida no es solo una cuestión de madurez espiritual. El ejemplo que da a otros creyentes menos maduros debe influir en las decisiones que toma. En realidad, se trata de una cuestión de estima. ¿Qué es más importante para usted, ejercer sus libertades o fomentar el crecimiento espiritual de otros creyentes? Y cuando los estima más que a usted mismo, anteponiendo sus intereses espirituales a su propia libertad, está siguiendo el ejemplo de Cristo (Fil. 2:1–5).
Este es el principio del amor. Como dice Romanos 13:10: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”. Si usted sabe que su decisión, incluso algo que considera “dentro de los límites” y aprobado por Dios, hará que otro cristiano tropiece y peque, ame a ese hermano o hermana lo suficiente como para restringir su propia libertad y abstenerse.
Esa actitud desinteresada no es muy popular en nuestra sociedad egocéntrica, pero es bíblica. De hecho, hacer que un compañero cristiano viole su conciencia es, en última instancia, pecar contra el Señor. Porque: “Pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Co. 8:12–13).
Cuando se trata del ejercicio de nuestras libertades, debemos preocuparnos menos por disfrutar al máximo de nuestra libertad cristiana y centrarnos más en cómo nuestro comportamiento en las áreas grises puede edificar y fomentar el crecimiento espiritual de los demás.
¿Ha tenido oportunidades de sacrificar su libertad por el bien de otros creyentes? ¿Después de hacerlo, echó realmente de menos lo que sacrificó, o acaso el beneficio para el otro creyente fue mucho más grande que el placer que usted podría haber disfrutado?
¿O ha habido algún otro creyente que se haya abstenido de hacer algo por su bien? ¿Cómo le animó el sacrificio de esa persona en su crecimiento espiritual?

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)