Hemos estado considerando cinco principios bíblicos que deben guiar al creyente a pensar correctamente acerca del gobierno y del activismo político. Hasta ahora, hemos visto que nuestra comisión es el evangelio y que nuestra confianza está puesta en Dios. Sin embargo, ninguna reflexión sobre la política estaría completa sin recordar que los cristianos han sido llamados a someterse voluntariamente a las autoridades superiores. Al hacerlo, obedecemos el mandato de la Escritura y seguimos el ejemplo de Cristo y de los Apóstoles.
Nuestro Salvador vino a un mundo en el que abundaba la esclavitud, en el que dominaban los dictadores, en el que los fuertes impuestos eran la norma y en el que los seguidores de Dios eran perseguidos con frecuencia. Quienes vivían en la época de Jesús no tenían ningún proceso democrático, ni tampoco poseían muchas de las libertades que tenemos ahora. ¿Pero cómo respondió Jesús a esas circunstancias? Él les dijo a Sus oyentes: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21). No llamó a los ejércitos angelicales para derribar gobiernos opresores ni intentar establecer un nuevo orden político. Él no estableció ningún tipo de administración política, ni tampoco organizó protestas públicas contra Roma. Su ministerio no se centró en esas cosas. Al contrario, siempre estuvo dirigido a los corazones de los pecadores que necesitaban desesperadamente la gracia de Dios (Mr. 10:42–45). Jesús no dirigió manifestaciones por los derechos civiles. Más bien, predicó las buenas nuevas del perdón y la salvación. El Señor no instituyó un nuevo orden político, sino uno espiritual, es decir, la Iglesia. Por tanto, los cristianos han sido llamados a seguir Su ejemplo
Así que, ¿cómo pueden los creyentes equilibrar la prioridad del reino de Dios con el deseo de ser buenos ciudadanos en la tierra? La política y el activismo social no son la respuesta. Después de todo, Dios ha llamado a Su pueblo a asumir solo dos responsabilidades cívicas fundamentales. La primera está en Romanos 13:1: “Sométase toda persona a las autoridades superiores”. La segunda está en Romanos 13:7: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”. La suma de nuestro deber civil es, pues, someternos y pagar impuestos.
Más allá de eso, debemos enfocarnos en las cosas que son de valor eterno. El activismo político puede parecer significativo en el momento, pero palidece al lado de las prioridades del reino (Mt. 6:33).
El apóstol Pablo vivió en una época bajo el control y el dominio romano, en la que los cristianos eran vistos con recelo y a menudo recibidos con persecución y sufrimiento. Sin embargo, la respuesta correcta no era la venganza, sino la deferencia y la obediencia. En Romanos 13:1, Pablo estableció este principio fundamental: como cristianos, debemos obedecer a nuestras autoridades civiles, no importa quiénes sean. Los creyentes tienen el deber —que Dios les dio— de someterse al gobierno, aun cuando el gobernante sea tan malvado como Nerón.
El apóstol Pedro, del mismo modo, instruyó a sus lectores a someterse a las autoridades superiores: “Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1 P. 2:12). En otras palabras: “Los de afuera pueden hablar mal acerca de usted, pero asegúrese de que sea mentira”. Pero ¿cómo podemos vivir rectamente en una sociedad que nos odia? Los versículos 13–15 continúan diciendo: “Someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien. Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos”. Cuando la ciudadanía cristiana está marcada por el comportamiento ejemplar, silencia las burlas de los incrédulos.
Como creyentes, tenemos la gran responsabilidad de vivir la fe cristiana con coherencia e integridad. Nuestra lealtad y nuestra sumisión al Señor (Ro. 12:1–2) nos deben motivar a ser ciudadanos ejemplares. No debemos ganarnos la reputación de ser personas conflictivas ni de menospreciar a quienes ejercen autoridad. A pesar de que estamos llamados a denunciar con valentía la injusticia y la inmoralidad, también hay que dar honra y respeto a los que Dios ha puesto sobre nosotros. Este patrón bíblico se aplica a cada cristiano que vive en cualquier momento y en cualquier lugar. Estamos llamados a someternos.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)