Muchas de mis personas favoritas son pastores. Crecí como hijo de un pastor y nieto de un pastor. Y tras más de cuatro décadas de mi propio ministerio pastoral, y muchos años formando a jóvenes para que desarrollen su propio ministerio, creo que comprendo bien el corazón de un pastor, tanto sus alegrías como sus dificultades.
En estos días, me duele el corazón por los pastores.
Me duele porque hoy en día su trabajo es más difícil que nunca. Vivimos en una cultura antiautoritaria, una que ha perdido todo respeto por las personas que ocupan puestos de autoridad e influencia. La mentalidad moderna consiste en derribar a todo el mundo y todo lo demás. Es una cultura destructiva, impulsada por un orgullo feroz y una autoestima desbocada. Parece que muy pocos pastores son expulsados de sus iglesias por sermones malos o un ministerio ineficaz; por lo general, son expulsados por una persona o un grupo que lucha por el poder y la autoridad.
Esa dificultad se ve agravada por la intimidación que ejercen los ministerios de los grandes medios de comunicación y los predicadores famosos de la televisión e internet. A los pastores de hoy se les dice que deben tener un espíritu emprendedor, que deben hacer crecer sus iglesias como se haría crecer un negocio. Se les habla mucho de la necesidad de influir en la cultura y de comprometerse con la comunidad, y reciben todo tipo de consejos prácticos sobre cómo lograrlo. Se les dice que deben ir más allá de la iglesia y revolucionar la sociedad. De hecho, parece que gran parte del trabajo del pastor moderno debe realizarse fuera de la iglesia.
Ese es un mensaje desalentador y decepcionante para los hombres que aman a la iglesia y han dedicado sus vidas al servicio del pueblo de Dios. También es antibíblico. Los pastores tienen una sola tarea. No están llamados a ser evangelistas culturales, emprendedores o revolucionarios. Están llamados a alimentar fielmente al rebaño de Dios. Están llamados a ser pastores.
Considere la instrucción del apóstol Pedro a los líderes de la iglesia en 1 Pedro 5:1–2:
“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto”.
El deber solemne de todo pastor es alimentar a las ovejas de Dios. Y como pastor, el día en que permita que su mirada se desvíe de las personas que se sientan en su iglesia es el día en que habrá perdido su propósito.
El objetivo principal del ministerio pastoral no son las personas que están fuera de la iglesia, ni atraer a los no creyentes a la iglesia. El objetivo principal está en las personas que están dentro de la iglesia: el rebaño que el Señor ha reunido soberanamente y ha confiado al cuidado de un pastor. El pastor ha sido apartado, como dijo el apóstol Pablo: “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:12–13).
Los pastores no hemos sido llamados a la cultura, ni a los no convertidos. Se nos ha encomendado alimentar a nuestro rebaño para que crezca espiritualmente. Hemos sido llamados a servir al pueblo redimido de Dios como agentes de santificación y protección. La medida de la eficacia de un hombre en el ministerio no es el número de personas que acuden a su congregación cada semana, sino el grado en que su congregación se asemeja a Cristo.
En las próximas semanas vamos a examinar más de cerca lo que dice la Escritura acerca de las características de un pastor excelente.