Dios es absolutamente soberano en el llamado y la conversión de Sus elegidos. Como hemos visto anteriormente, el apóstol Pablo deja esta verdad fundamental claramente establecida en Romanos 9. Pero ¿por qué predicar el evangelio si Dios es soberano sobre Su obra redentora? ¿Por qué llamar a los pecadores al arrepentimiento y a la fe si la obra pertenece a Dios? El apóstol Pablo explica el motivo en Romanos 10 y 11.
Además de la soberanía divina, Pablo también entendía que la salvación requiere fe. Dios endurece a quien quiere endurecer; y tiene misericordia de quien quiere tener misericordia. Y, sin embargo, los pecadores son plenamente responsables por rechazar a Cristo. Refiriéndose a la nación de Israel, Pablo dice que su problema era que “tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento” (Ro. 10:2 NBLA). Israel se había inventado un Jehová a su antojo, tal y como hicieron en el desierto cuando fabricaron el becerro de oro. Como resultado, no apreciaban cuán justo es Dios, ni cuán pecadores eran ellos. Sabían que Dios les había mandado: “[Sean] santos, porque yo Jehová soy santo” (Lv. 20:26), pero no tenían ni idea de en qué consistía la verdadera santidad. Creían erróneamente que una gran demostración pública de piedad meticulosa equivalía a la verdadera justicia, y que a Dios le importaba más su comportamiento exterior que el estado de sus corazones. En efecto, exageraban el valor de sus propias normas mientras subestimaban las de Dios, dando por sentado que podían alcanzar la justicia a través de sus propios logros morales y religiosos.
Pablo dice que esto se debía a su ignorancia: “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Ro. 10:3). No comprendían que las buenas obras y los sacrificios no ganan el favor de Dios (1 S. 15:22; Sal. 51:16–17), sino que la vida de Cristo puso fin a la ley y cumplió la justicia necesaria para todo aquel que cree. No comprendían que Cristo libera al pecador arrepentido y creyente de la condenación de la ley. Seguían intentando alcanzar una justicia propia mediante la ley (Ro. 10:5). Pero Pablo deja claro en su carta a los Gálatas que no hay esperanza de justicia ni de salvación a través de las obras de la ley.
Porque todos los que se basan en las obras de la ley están bajo maldición; pues está escrito: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gá. 3:10–11).
Si usted deposita su esperanza en su capacidad para estar a la altura de la perfección que exige la ley de Dios, está provocando la ira de Dios y su propia condenación.
Debería sorprendernos que este capítulo sobre la necesidad de la fe (Ro. 10) se encadene directamente con el capítulo 9, que hace hincapié en la soberanía de Dios. Afirmaciones como: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Ro. 9:15) pueden parecer difíciles de conciliar con el enfoque de Pablo en la fe en el capítulo 10. Consideremos lo que escribe Pablo en los versículos 11–13:
“Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:11–13).
En la mente de Pablo —y a lo largo de toda la Palabra de Dios— estas dos verdades sobre la necesidad de la salvación —una que subraya la soberanía de Dios y la otra que declara la responsabilidad del pecador— van siempre de la mano, sin salvedades ni explicaciones.
Nuestro deber evangélico para con nuestro Dios soberano
En cambio, Pablo pasa a un tercer elemento esencial de la salvación: nuestro deber evangélico. Él escribe:
“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Ro. 10:13–15).
Si usted desea comprender la maravillosa obra de la salvación, debe tener en cuenta estos tres principios: la soberanía divina, la responsabilidad humana y el deber evangélico. “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?” (Ro. 10:14–15). Pablo entiende que un medio esencial por el que la soberanía divina y la responsabilidad humana se unen es a través de nuestro deber evangélico al proclamar la verdad.
Este es otro elemento misterioso más en el plan soberano de Dios. Él podría simplemente invadir los corazones y las mentes de aquellos a quienes eligió para salvar, pero no lo hace. Su plan no se ajusta al desequilibrio de la razón humana. En Su diseño divino, Su gracia inmerecida debe encontrar una respuesta positiva de fe obediente. Y una vez redimido, Su pueblo disfruta del privilegio de anunciar Su gracia a los demás. Dios podría haber elegido cualquier medio para comunicar Su evangelio al mundo, pero por razones que no podemos comprender del todo, nos eligió a nosotros.
La simple verdad es que debemos adorar a Dios y contentarnos con comprenderlo en la medida en que Él nos lo ha permitido. No podemos pedir nada más. No debemos pensar, de forma insensata, que merecemos más, ni siquiera soñar con hacerle sugerencias sobre cómo debería explicarse para nuestra satisfacción. Tenemos suficiente para adorarlo y amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, y para perdernos en el asombro, el amor y la alabanza.
Eso es lo que hace Pablo en Romanos 11. Hacia el final del capítulo, Pablo exclama: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Ro. 11:33). En el estudio de la soberanía de Dios, ahí es donde todos deberíamos llegar: a aceptar que nunca conoceremos ni comprenderemos plenamente la mente de Dios. El Salmo 139:6 nos recuerda que “tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender”. Los caminos de Dios están muy por encima de nosotros.
Pero, al mismo tiempo, debemos reconocer nuestro amor por estas ricas verdades. Amamos la verdad de la soberanía divina. Abrazamos la verdad de la responsabilidad humana. Y atesoramos nuestro deber evangélico.
La soberanía de Dios es una de las varias verdades que las Escrituras enseñan acerca de Dios y que son inconcebibles, incomprensibles, insondables e inescrutables. Es inútil desear que Dios hubiera revelado más (o explicado más) sobre cómo funciona Su soberanía sin destruir el libre albedrío humano. Pero, de todos modos, más información no respondería necesariamente a todas nuestras preguntas. Algunas verdades (como el concepto obvio pero incomprensible del infinito) solo pueden aceptarse y admirarse; no pueden condensarse ni envolverse en un paquete que quepa dentro del cerebro humano.
Pablo resume ese principio con una pregunta retórica: “¿Quién entendió la mente del Señor?” (Ro. 11:34). Eso debería hacernos reflexionar en nuestra búsqueda de respuestas. Nunca podremos abarcar a Dios con nuestro intelecto finito. Su soberanía es una verdad que debería suscitar asombro y adoración. Lo que está claro es que Dios es completamente soberano, y nunca ejerce esa soberanía en formas que entren en conflicto o compitan con Su rectitud, gracia y justicia.

(Adaptado de No hay otro)