Como aquellos que buscan cumplir con la Gran Comisión (Mt. 28:18–20), los cristianos siempre deben considerar cómo sus acciones afectarán su testimonio ante un mundo que los observa.
Hablando de su propio ministerio evangelístico, Pablo escribió:
“No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1 Co. 10:32–33).
Pablo estaba mucho más preocupado por ver a los pecadores abrazar a Cristo que por ejercer su libertad. Por lo tanto, estaba dispuesto a dejar de lado su libertad por el bien del evangelio (1 Co. 9:19–23).
Ya sea que usted esté consciente de esto o no, su comportamiento, tanto lo que hace como lo que no hace, afecta su testimonio de Cristo. Es una cuestión de testimonio: ¿Qué dice su vida acerca de Dios a sus amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos o incluso a extraños que podrían estar observándolo?
Ese es el punto que Pablo destaca en Romanos 14:16–18:
“No sea, pues, vituperado vuestro bien; porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres”.
La frase clave aquí es “aprobado por los hombres”. Pablo no se refiere a complacer a los hombres, sino a la valoración positiva de su estilo de vida por parte de las personas que le observan.
Probablemente, conozca a personas que se llaman a sí mismas cristianas y proclaman su amor por el Señor, pero tienen un estilo de vida muy similar al del mundo. Los creyentes que viven habitualmente al límite de su libertad hacen que sea difícil diferenciarlos del mundo. Les cuesta comunicar el valor y el poder del evangelio a personas que no ven una diferencia clara en su forma de vivir.
Los creyentes que nunca abusan de su libertad dan el testimonio más claro del poder transformador de Dios. Las restricciones autoimpuestas en su vida, basadas en principios bíblicos, representan visualmente la obra continua de Cristo en su corazón ante un mundo que le observa constantemente, incluso cuando menos lo sospecha.
Su testimonio más fuerte y claro rara vez son las palabras que dice: es mucho más probable que las personas vean cómo vive y saquen conclusiones sobre el valor y la realidad de su fe basándose en su estilo de vida. El mundo no salvo está prestando atención, y debemos esforzarnos por ser manifiestamente diferentes de nuestra cultura pecaminosa. Por el bien del evangelio, debemos diferenciarnos del mundo mientras vivimos en él.
Por lo tanto, cuando nos enfrentamos a una decisión en un área de la vida sobre la que las Escrituras no hablan específicamente, debemos preguntarnos: ¿Esta actividad adornará el evangelio o lo empañará?
Su testimonio dice la verdad sobre Dios o dice una mentira. Las decisiones que tome en las áreas grises deben reflejar su preocupación por no ofender la reputación de Dios, sino por alabarlo.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)