Los falsos maestros se aprovechan de la gente. Manipulan e intimidan a sus seguidores, con la esperanza de despojarlos de todo lo que puedan. Su egoísmo los impulsa a buscar siempre una mayor notoriedad, una influencia más amplia y todas las ventajas materiales que conlleva la fama. Miqueas 3:2–3 y 5 describen gráficamente a los falsos maestros como codiciosos, avaros y egocéntricos:
Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla… Así ha dicho Jehová acerca de los profetas que hacen errar a mi pueblo, y claman: Paz, cuando tienen algo que comer, y al que no les da de comer, proclaman guerra contra él
Los verdaderos hombres de Dios son todo lo contrario; son desinteresados y abnegados. En lugar de buscar lo que pueden obtener, buscan formas de entregarse por el bien y la bendición del pueblo de Dios.
Una de las muchas acusaciones calumniosas que los falsos apóstoles lanzaron contra Pablo fue que su trato hacia los corintios había sido egocéntrico y deficiente. Y es en medio de la defensa de Pablo contra esas mentiras (2 Co. 12:12–19) donde revela otra característica de un excelente pastor: la abnegación.
En 12:13, Pablo pregunta retóricamente a los corintios: “¿En qué habéis sido menos que las otras iglesias, sino en que yo mismo no os he sido carga?”. Como ya había indicado en el versículo 12, Pablo había ministrado en Corinto de la misma manera que lo había hecho en otras iglesias.
La única diferencia en el trato que recibieron los corintios fue que Pablo “no fue carga para ellos” (2 Co. 12:13); lo único que no obtuvieron de él fue una factura de cobro. Aunque tenía derecho a recibir su apoyo (1 Co. 9:1–18), Pablo decidió no aceptarlo, prefiriendo distanciarse de los falsos apóstoles que amaban el dinero.
Por supuesto, ellos se quedaron con todo lo que pudieron de los corintios y odiaban a Pablo por hacerles quedar mal. Para salvar su reputación, intentaron dar un giro negativo a la generosidad de Pablo. Argumentaron, en primer lugar, que él se negaba a aceptar dinero de los corintios porque sabía que su ministerio no valía nada. Una segunda acusación, más siniestra, era que Pablo no quería el dinero de los corintios porque no los amaba y, por lo tanto, no quería sentirse en deuda con ellos. Pero, como Pablo ya ha demostrado, esas acusaciones eran completamente falsas. En 2 Corintios 11:7–9 escribió:
¿Pequé yo humillándome a mí mismo, para que vosotros fueseis enaltecidos, por cuanto os he predicado el evangelio de Dios de balde? He despojado a otras iglesias, recibiendo salario para serviros a vosotros. Y cuando estaba entre vosotros y tuve necesidad, a ninguno fui carga, pues lo que me faltaba, lo suplieron los hermanos que vinieron de Macedonia, y en todo me guardé y me guardaré de seros.
Recurriendo de nuevo al sarcasmo (cp. 2 Co. 11:19–21; 1 Co. 4:8–10) para hacer entrar en razón a los corintios, Pablo exclamó en 2 Corintios 12:13: “¡Perdonadme este agravio!”. La afirmación de los falsos apóstoles de que él había maltratado a los corintios al no aceptar dinero de ellos era ridícula. Lo único de lo que se habían visto privados era de la carga de mantener a Pablo y a sus compañeros
En su primera visita a Corinto, Pablo fundó la iglesia (Hch. 18); la segunda fue la dolorosa visita disciplinaria descrita en 2 Corintios 2:1 (cp. 2 Co. 13:2). Cuando visitó Corinto por tercera vez, siguió negándose a ser una carga para la iglesia. El amor pastoral abnegado de Pablo por los corintios significaba que no estaba interesado en lo que era de ellos, sino que estaba interesado en ellos. No quería su dinero; quería sus corazones. Quería sus vidas para el reino de Dios, y que vivieran en justa obediencia a la Palabra para la gloria de Dios.
Pablo ilustró su argumento utilizando la analogía de los padres que cuidan de sus hijos, señalando la verdad axiomática de que “pues no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos” (2 Co. 12:14). Los corintios eran, por supuesto, los hijos espirituales de Pablo (1 Co. 4:15), y él se sacrificó voluntariamente por ellos. Él escribió: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas” (2 Co. 12:15).
Pablo no se mostraba reacio ni vacilante a sacrificarse por los corintios; estaba emocionado y rebosante de gozo por poder entregarse en beneficio de ellos. Estaba dispuesto a gastarse por su pueblo hasta que no le quedara nada que dar. A los filipenses les escribió: “Y aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros” (Fil 2:17, cp. Col. 1:24). Siguió el ejemplo del Señor Jesucristo, quien dijo de Sí mismo: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mr. 10:45).
A un pastor excelente no le interesa lo que puede obtener de su rebaño, sino lo que puede ofrecerles. Se siente feliz, incluso deseoso, de entregarse por el bien de su pueblo. Sabe que él no es el centro del ministerio, sino un instrumento del mismo, mediante el cual el Señor obra en las vidas de su congregación.

(Adaptado de 1 y 2 Corintios: Comentario MacArthur del Nuevo Testamento)