Nuestra cultura, impulsada por los medios de comunicación, ha redefinido la búsqueda de la felicidad. El “sueño americano” —que antes consistía en una familia unida, una casa bonita y una cerca blanca— ahora incluye la fama instantánea, riquezas infinitas, romances fáciles y la promesa incondicional de que cualquiera puede alcanzar sus sueños. Los reality shows y el crecimiento de la Internet son quizás en parte responsables de este fenómeno. Pero, en última instancia, el problema radica en el corazón humano.
Fuimos creados para anhelar la satisfacción, la plenitud y la alegría, y esos deseos son buenos en sí mismos. Pero nuestro mundo caído intenta satisfacer esos deseos a través del dinero, el romance, la fama y otros placeres terrenales. Sin embargo, las cosas temporales nunca pueden brindar una satisfacción duradera a un corazón que fue creado para encontrar su gozo supremo en Dios.
El rey Salomón aprendió esa lección por las malas. Tras experimentar con todo lo que el mundo podía ofrecer, Salomón llegó finalmente a la conclusión de que todo era vanidad, y que sin Dios nadie puede tener verdadero gozo (Ec. 2:25–26, 11:9, 12:13–14).
Los cristianos no deben permitir que el entretenimiento defina su comprensión de la felicidad, el romance, la modestia, la masculinidad, el éxito, la plenitud, la justicia o cualquier otra cosa. La Palabra y el Espíritu deben moldear nuestra cosmovisión, no Hollywood.
Sin embargo, lamentablemente muchos cristianos hoy en día son más influenciados por las películas que ven que por los sermones que escuchan. Muestran más entusiasmo por los videojuegos o los eventos deportivos televisados que por buscar la semejanza con Cristo.
Llenan sus mentes con los sonidos de los programas de radio o las últimas canciones de éxito en lugar de dejar que la Palabra de Dios more abundantemente en ellos. En el fondo, disfrutan de explorar los placeres del mundo —aunque sea de forma indirecta— mientras ven a los actores protagonizar escenas en las que las actividades pecaminosas parecen satisfacerse con pocas o ninguna consecuencia. La ironía es, por supuesto, que en la vida real esos mismos actores son tan miserables como cualquier otra persona —una dura realidad que sigue alimentando a la prensa sensacionalista de supermercado.
Nuestras prioridades, pasiones, planes y actividades deben basarse en nuestro amor por Jesucristo. Solo en Él podemos encontrar la verdadera satisfacción (cp. Mt. 11:28, Jn. 7:37). Al servirle, podemos acumular un tesoro eterno (Mt. 6:20). Al complacerlo y glorificarlo, cumplimos el mayor propósito de la vida (cp. 2 Co. 5:9). Él debe ser el objeto de nuestro afecto, nuestras ambiciones y nuestras esperanzas (cp. Ro. 14:7–8, Gá. 2:20, Fil. 1:20–21).
Tal y como el autor de Hebreos exhortó a sus lectores:
“Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (He. 12:1–2).

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)