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El reino de Dios es uno de los grandes temas de la Biblia. La última vez vimos cómo toda la historia humana y redentora culmina en el futuro reino terrenal de Cristo, el reino milenario o el milenio. Sin embargo, muchos cristianos han interpretado la naturaleza de este reino de forma diferente.
Si se toma al pie de la letra el texto de Apocalipsis 20 (y los numerosos pasajes bíblicos que hablan del reino terrenal), se llega a lo que se denomina una visión premilenialista de la escatología. Es decir, Cristo regresará y establecerá un reino literal en la tierra, que durará mil años. Además del premilenialismo, existen otras dos posturas principales del milenio: el posmilenialismo y el amilenialismo.
Posmilenialismo
El posmilenialismo es, en cierto modo, lo opuesto al premilenialismo. El premilenialismo enseña que Cristo regresará antes del milenio; el posmilenialismo enseña que regresará al final del milenio. El premilenialismo enseña que el período inmediatamente anterior al regreso de Cristo será el peor de la historia de la humanidad; el posmilenialismo enseña que, antes de Su regreso, llegará el mejor período de la historia, de modo que Cristo regresará al final de una larga época dorada de paz y armonía.
Un posmilenialista escribe: “El milenio que el posmilenialista espera es, por tanto, una época dorada de prosperidad durante la presente dispensación, es decir, durante la era de la Iglesia”[1]. Esa época dorada, según el posmilenialismo, será el resultado de la difusión del evangelio por todo el mundo y de la conversión de la mayoría de la raza humana al cristianismo. Así que, “Cristo regresará a un mundo verdaderamente cristianizado”[2]. El reino milenario, según los posmilenalistas, será establecido por la Iglesia, no mediante la intervención personal de Jesucristo. Tampoco reinará Cristo personalmente en la tierra durante el milenio, sino más bien a través de Su Iglesia.
De acuerdo con las visiones generalmente optimistas de aquellas épocas, el posmilenialismo floreció en los siglos XVIII y XIX. El impactó de la Ilustración, la Revolución Industrial, el rápido ritmo de los descubrimientos científicos y la teoría de la evolución de Darwin convencieron a muchos de que la sociedad avanzaba inevitablemente hacia una utopía. Esa visión optimista estaba en armonía con el posmilenialismo, que también enseña que el mundo va a ir mejorando cada vez más (aunque por medios diferentes). Sin embargo, el horror paralizante de la Primera Guerra Mundial, la decadencia moral de la década de 1920, los tiempos difíciles de la Gran Depresión en los Estados Unidos, la locura del exterminio de los judíos por parte de los nazis y la catástrofe mundial de la Segunda Guerra Mundial pusieron fin al optimismo ingenuo que había prevalecido antes de la Primera Guerra Mundial. En consecuencia, el posmilenialismo también perdió popularidad. Sin embargo, en los últimos años se ha producido un resurgimiento del posmilenialismo en movimientos como la Teología de la Liberación, el Nacionalismo Cristiano y la Teonomía.
El amilenialismo
El término “amilenialismo” resulta algo engañoso, ya que da a entender que los amilenialistas no creen en un milenio. Si bien es cierto que rechazan el concepto de un milenio terrenal —y, sobre todo, uno que tendrá una duración real de mil años—, los amilenialistas sí creen en un reino. Creen que las profecías del Antiguo Testamento sobre el reino del Mesías se están cumpliendo en la actualidad, ya sea mediante los santos que reinan con Cristo en el cielo, o (espiritualmente, no literalmente) a través de la Iglesia en la tierra. Lejos de no creer en el milenio, los amilenialistas creen que nos encontramos en él en este momento, tal y como afirma uno de sus defensores: “En lo que respecta a los mil años de Apocalipsis 20, nos encontramos en el milenio ahora mismo”[3]. La conclusión de este punto de vista es que los mil años a los que Apocalipsis 20:2–7 hace referencia en seis ocasiones son meramente simbólicos de “un largo tiempo”.
¿Mil años?
No existe absolutamente ninguna razón exegética válida para interpretar el milenio como algo distinto de mil años. Se trata de un acto puramente arbitrario por parte del intérprete, basado en sus presuposiciones. Robert L. Thomas escribe:
Si el autor quería un número simbólico muy grande, ¿por qué no utilizó 144 000 (7:1 y ss.; 14:1 y ss.;), 200 000 000 (9:16), “diez mil veces diez mil, y miles de miles” (5:11), o un número incalculablemente grande (7:9)? El hecho es que ningún número del Apocalipsis es, de forma verificable, un número simbólico. Por otra parte, el uso no simbólico de los números es la norma. Para obtener la cifra de 144.000 en Apocalipsis 7:4–8 es necesario multiplicar un 12.000 literal por un doce literal. Las iglesias, los sellos, las trompetas y las copas son, literalmente, siete en número. Los tres espíritus inmundos de 16:13 son, de hecho, tres en número. Los tres ángeles relacionados con los tres últimos ayes (8:13) suman un total de tres. Las siete últimas plagas suman exactamente siete. La equivalencia entre 1.260 días y tres años y medio exige una interpretación no simbólica de ambos números. Los doce apóstoles y las doce tribus de Israel son, literalmente, doce (Ap. 21:12–14). Las siete iglesias se encuentran en siete ciudades literales. Sin embargo, resulta imposible confirmar que un solo número del Apocalipsis sea simbólico[4].
Es muy dudoso que cualquier número simbólico se repitiera seis veces en un texto, como ocurre en estos versículos.
Durante el primer siglo y medio tras el fin de la era del Nuevo Testamento, la Iglesia era en gran medida premilenialista. Entre los Padres de la Iglesia de ese período que creían en un milenio terrenal literal de mil años se encontraban Papías (discípulo del apóstol Juan), Ireneo, Justino Mártir, Tertuliano y el autor de la Epístola de Bernabé. Ese consenso premilenialista fue cuestionado por otros escritores antiguos que defendían un enfoque alegórico para interpretar las Escrituras (sobre todo Orígenes). Pero fue la influencia de Agustín, el teólogo más destacado de la Iglesia primitiva, la que garantizó que el amilenialismo dominara la Iglesia durante siglos. Hoy en día, la mayoría de los estudiosos de la tradición reformada son amilenialistas.
En el centro del debate sobre las visiones acerca del milenio se encuentra la cuestión de la hermenéutica. Todas las partes del debate coinciden en que interpretar literalmente las profecías del Antiguo Testamento conduce de forma natural al premilenialismo. El amilenialista Floyd E. Hamilton reconoce con franqueza esa verdad: “Ahora debemos admitir con franqueza que una interpretación literal de las profecías del Antiguo Testamento nos ofrece precisamente esa imagen de un reinado terrenal del Mesías que describen los premilenialistas”[5]. El posmilenialista Loraine Boettner, citado anteriormente, coincide con la valoración de Hamilton: “En general, se acepta que, si las profecías se toman al pie de la letra, predicen una restauración de la nación de Israel en la tierra de Palestina, en la que los judíos ocuparán un lugar destacado en ese reino y gobernarán sobre las demás naciones”[6].
A la luz de estas afirmaciones, la pregunta que surge de forma natural es: ¿por qué no tomar literalmente las profecías del Antiguo Testamento sobre el milenio? Quienes rechazan una interpretación literal argumentan que el Nuevo Testamento parece interpretar algunas profecías del Antiguo Testamento de forma no literal. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el Nuevo Testamento no está interpretando esas profecías, sino que simplemente aplica los principios que en ellas se encuentran. De hecho, numerosas profecías del Antiguo Testamento relacionadas con la primera venida de Cristo se cumplieron literalmente. Existen varias razones convincentes para interpretar literalmente las profecías del Antiguo Testamento.
En primer lugar, si se rechaza el sentido literal de un pasaje, ¿quién debe determinar cuál es el sentido no literal o espiritual, dado que las reglas normales de interpretación no se aplican? Walter C. Kaiser, Jr., plantea el dilema:
¿Quién o qué arbitrará entre los diversos significados [no literales] sugeridos y decidirá cuáles deben aceptarse como fidedignos y cuáles son espurios? Salvo que se afirme que la imaginación de cada persona es su propia norma, no parece existir ningún tribunal de última instancia… Simplemente no hay criterios justificables para establecer límites una vez que el intérprete se aparta del uso normal del lenguaje[7].
En segundo lugar, adoptar una visión no literal de las profecías del Antiguo Testamento sobre el reino plantea algunas cuestiones inquietantes: ¿Qué significaban esas profecías para sus destinatarios originales? Si las profecías aparentemente dirigidas a Israel se aplican realmente a la Iglesia, ¿acaso Dios dio una revelación que, de hecho, no reveló nada para la audiencia original? Y si se pretendía que esas profecías se aplicaran simbólicamente a la Iglesia, ¿por qué se dirigieron a Israel? ¿Qué significado podrían tener tales profecías en su contexto histórico? Irónicamente, muchos de los que espiritualizan las profecías del Antiguo Testamento rechazan la interpretación futurista del Apocalipsis porque, supuestamente, priva al libro de su significado para aquellos a quienes fue escrito. Sin embargo, ellos hacen exactamente lo mismo con las profecías del Antiguo Testamento relativas al reino.
En tercer lugar, la espiritualización de esas profecías conduce a algunas incoherencias evidentes. Resulta incoherente argumentar que las maldiciones que pronuncian se aplican literalmente a Israel, mientras que las bendiciones que prometen se aplican de forma simbólica y espiritual a la Iglesia. Un ejemplo de incoherencia en el método de interpretación espiritual de la profecía proviene de las palabras del ángel Gabriel a María en Lucas 1:31–33: “Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Si, como coinciden en afirmar todos los eruditos conservadores, Jesús fue concebido literalmente en el seno de María, se le llamó literalmente Jesús, se hizo literalmente grande y fue literalmente “el Hijo del Altísimo”, ¿no reinará también literalmente en el trono de David sobre Israel? ¿Puede interpretarse el mismo pasaje tanto de forma literal como no literal? Además, tanto los amilenialistas como los posmilenialistas interpretan literalmente algunos acontecimientos proféticos, como la Segunda Venida de Cristo, el Juicio del Gran Trono Blanco y los nuevos cielos y la nueva tierra. ¿Por qué no interpretar el reino milenario de forma literal? Por último, tanto los amilenialistas como los posmilenialistas interpretan las partes no proféticas de las Escrituras según el método hermenéutico literal, histórico, gramatical y contextual; ¿por qué adoptar un método diferente para interpretar la profecía? Tal adopción es totalmente arbitraria.
Premilenialismo
La conclusión natural, por tanto, es que Apocalipsis 20 nos habla de un tiempo futuro en el que Cristo reinará en la tierra durante mil años. El resto del pasaje respalda esta conclusión y puede dividirse en cuatro apartados: la destitución de Satanás, el reinado de los santos, el regreso de Satanás y la rebelión de la sociedad.
En el resto de esta serie, analizaremos este pasaje versículo por versículo para comprender todo lo que podamos sobre el reino venidero de Cristo.
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(Adaptado del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Apocalipsis)
[1] Loraine Boettner, “Postmillennialism”, The Meaning of the Millennium: Four Views, ed. Robert G. Clouse [Downers Grove: InterVarsity, 1977], 117
[2] Boettner, “Postmillennialism,” 118.
[3] Anthony A. Hoekema, “Amillennialism,”, The Meaning of the Millennium: Four Views, ed. Clouse, 181.
[4] Robert L. Thomas, Revelations 8–22: An Exegetical Commentary [Chicago: Moody, 1995], 408–9.
[5] The Basis of Millennial Faith [Grand Rapids: Eerdmans, 1942], 38.
[6] “A Postmillennial Response to Dispensational Premillennialism” The Meaning of the Millennium, ed. Clouse, 95.
[7] Walter C. Kaiser, Jr., Back Toward the Future , (Grand Rapids: Baker, 1989), 129–30.
