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Para esta mañana, permítame que durante el tiempo que dedicamos a la Palabra de Dios volvamos a 2 Timoteo, capítulo 3, viendo de nuevo el pasaje que ha sido nuestro foco de atención durante varias semanas. Obviamente, al estudiar 2 Timoteo, nos hemos encontrado con este pasaje, versículos 15 al 17, en el contexto del tercer capítulo. La primera semana que lo vimos, explicamos primordialmente su intención con respecto a que Pablo escribiera a Timoteo. Esta es su importancia primordial en este contexto. Luego, al pensar que solo un sermón no era apropiado para este texto, dedicamos otra semana a hablar de la idea completa expresada en el versículo 16, de que toda la Escritura es inspirada por Dios. Pues esta es una afirmación de gran impacto que va mucho más allá de cualquier instrucción específica que Pablo pudiera darle a Timoteo. El hecho de que la Escritura sea inspirada es de suma importancia, así que profundizamos un poco más en el tema de la inspiración.

Y mientras planeaba avanzar en 2 Timoteo, estaba volviendo a leer la epístola y regresé a esta misma sección y, al leerla, me di cuenta de que había un tema sumamente importante que no se había abordado y que necesitaba tratar. Y eso tiene que ver con lo que me gusta llamar: La obra de la Palabra. La obra de la Palabra. Hablamos del hecho de que fue inspirada, pero también debemos enfocarnos en su obra. Notarán que en el versículo 15 dice que las Sagradas Escrituras pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

Inicialmente, la obra de la Palabra es la salvación. Luego, en el versículo 16, es útil; esto es, la Escritura inspirada es útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia, con la idea de que, el producto final sea un hombre de Dios capacitado y preparado para toda buena obra. Ahora, una lectura simple de esos versículos nos indica cinco elementos de la obra de la Palabra: Salvación, enseñanza, reprensión, corrección, instrucción y justicia.

Esas son las cosas que la Palabra hace, que la Escritura produce. No son nuevas para mí, no son nuevas para la mayoría de ustedes, quizás sí lo sean para algunos de ustedes.

Y conforme pensaba en esto, pensé, bueno, es algo muy básico, pero también muy importante. Y permítame decir a manera de introducción general que la característica distintiva, espero, de mi propio ministerio y de la iglesia Grace Community, es un compromiso muy, muy fuerte con la autoridad de la Palabra de Dios. Definitivamente, somos una iglesia comprometida con la Palabra de Dios. Nos esforzamos por enseñar la Palabra de Dios, predicar la Palabra de Dios, implementar la Palabra de Dios, vivir la Palabra de Dios, proclamar la Palabra de Dios, exaltar la Palabra de Dios. Es el punto focal de todo lo que hacemos. Cuando Dios habla, nosotros oímos.

Pienso tantas veces en Apocalipsis 2 y 3, si tienes oídos para oír, oye lo que el Espíritu dice a las iglesias. Así que siempre hemos sido una iglesia que oye la Palabra de Dios, que está comprometida con la Palabra de Dios, que es sumisa a la Palabra de Dios. Y el punto focal de nuestro ministerio ha sido la Escritura. Hay muchas cosas que una iglesia puede hacer, hay muchos enfoques, hay muchos tipos de, digamos, temas en los que una iglesia puede centrarse. Pero para nosotros durante todos estos años ha sido la Palabra de Dios. Nuestra iglesia, nuestras vidas personales están dominadas por la Palabra de Dios. Semana tras semana, enseñamos la Biblia. Aquí en los servicios la predicamos de manera expositiva, esto es, explicando su significado. Vamos a Escritura, tras Escritura, tras Escritura. La razón de ello es debido a la obra de la Palabra, porque entendemos lo que hace. Por eso le prestamos la atención primordial. Permítame tan solo recordarle una promesa muy importante con respecto a esto, Isaías 55, 10 y 11. No necesita buscarlo, simplemente escuche: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”.

En otras palabras, Dios dice que cuando envío mi Palabra, siempre hace su obra. Siempre hace su obra. Nunca regresa vacía. Así como la lluvia y la nieve producen lo que crece, mi Palabra produce mi voluntad. La Biblia es la mensajera de Dios, cumple Su voluntad, cumple Su propósito. La Palabra de Dios es presentada en el Salmo 147 como un mensajero veloz; corre para hacer la obra de Dios, corre para cumplir las metas de Dios.

Podríamos ver por un momento el Salmo 147, hay varios versículos ahí que realmente son muy vívidos. Versículo 15: “Él envía su mandato a la tierra”, ese es el versículo 15, “Él envía su mandato a la tierra. Su palabra corre velozmente. Él da la nieve como lana y Él esparce la escarcha como cenizas. Él arroja su hielo como fragmentos. ¿Quién puede resistir su frío? Él envía su palabra y los derrite. Él hace soplar su viento y hace fluir las aguas. Él declara sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus ordenanzas a Israel”. Y aquí está esta especie de analogía entrelazada, conforme Dios envía el frío, la escarcha, el sol y todos los elementos naturales para producir lo que Él quiere producir. Así también envía Su Palabra y la Palabra es análoga a eso. Sale para producir los fines que Dios le ha destinado.

Esa es una tremenda confianza que tenemos los que enseñamos la Palabra de Dios, que expresamos la Palabra de Dios. Saber que siempre cumple su propósito. Siempre cumple lo que Dios quiere que haga. Nunca regresa vacía. Siempre produce, siempre produce como la lluvia, la nieve y todas las demás cosas que Dios envía con la intención de producir. La Palabra es productiva. Es prolífica y cumple su propósito.

“Toda palabra que sale de la boca de Dios es pan”, dice en Deuteronomio 8:3. Alimenta a alguien, nutre a alguien, hace crecer a alguien, logra algo. Entonces, queremos hacer la pregunta: si logra algo, ¿qué logra? ¿Cuál es la obra de la Palabra? ¿Cuál es el propósito de la Palabra? Ahora veamos estos cinco elementos; veremos dos de ellos esta mañana, de manera muy breve, presentándolos a manera de repaso, y los otros, el próximo día del Señor.

El primero es que la Palabra produce salvación. Notará ese versículo tan conocido que vimos en el capítulo 3, versículo 15; dice que las Sagradas Escrituras que pueden hacerte sabio para la salvación que viene, claro, por la fe en Cristo Jesús. Lo que dice allí es la Palabra, las Sagradas Escrituras; refiriéndose a las Escrituras, principalmente en ese versículo en particular, se refiere al Antiguo Testamento. No obstante, la Escritura produce salvación. La Escritura produce salvación. Lo hace a usted sabio para la salvación; es el instrumento de la salvación.

Las implicaciones prácticas de esto son obvias. Antes de que veamos esas, veamos si podemos reforzar esta verdad, viendo el testimonio de Jesús mismo. Abra su Biblia en el Evangelio de Juan. Y en el Evangelio de Juan encontramos la enseñanza constante de Jesús sobre el poder de Su Palabra y la Palabra de Dios. Pero en el capítulo 5, versículo 24, leemos esto, las palabras de Jesús: “De cierto, de cierto os digo, el que oye mi Palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida”. Ese es un versículo tremendo. Ese es un versículo que resume la esencia del evangelio. Creer en Dios, el Dios que envió a Cristo, y oír la Palabra, trae vida eterna y libra a uno del juicio, pasando de muerte a vida.

Y note, por favor, la clave de todo el versículo 24: “El que oye mi Palabra”. La Palabra es la agencia. La Palabra es la que engendra nueva vida. En Juan capítulo 6, llevándolos a un par de versículos hacia el final del capítulo, y Jesús de nuevo enseñando en esta sección conocida donde habla del pan de vida. Pero en el versículo 63, Él dice: “Si el Espíritu es el que da vida, la carne para nada aprovecha”; luego esto, “las palabras que les he hablado son Espíritu y son vida y, si no han logrado eso en ustedes”, el versículo 64 implica, “es porque algunos de ustedes no creen”. Así que la Palabra mezclada con la fe produce vida.

Capítulo 12 de Juan, y hay otros textos que usted podría ver, pero estos son los puntos más destacados. Capítulo 12, en el versículo 49, Jesús dice: “No hablo por mi propia iniciativa”. Incluso Jesús operaba bajo autoridad delegada y operaba únicamente al hablar lo que era la Palabra de Dios. Él dijo: “Mi Padre mismo, al que me envió, me ha dado un mandamiento sobre lo que debo decir y lo que debo hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Por lo tanto, lo que hablo, lo hablo tal como el Padre me lo ha dicho”. Y una vez más, Jesús está expresando la realidad de que la Palabra es la que produce vida eterna. La Palabra trae vida.

El resumen de todo viene en ese versículo definitivo del capítulo 20, el 31 del Evangelio de Juan, que nos da la razón de ser de todo el libro, de todo el evangelio. “Estas cosas se han escrito —estas se han escrito”, dice Juan, “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”. Y de nuevo, la vida eterna viene a creer en la Palabra escrita, la Palabra revelada, la Palabra de Dios. La Escritura, entonces, es la fuente de esa verdad que trae salvación.

Vea, una vez más, más adelante en el Nuevo Testamento, en el décimo capítulo de Romanos, encontramos que el apóstol Pablo estaba comprometido con la misma verdad. En Romanos capítulo 10, un versículo conocido, versículo 17, dice: “Así que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Cristo”. Algunos manuscritos dicen: “La Palabra de Dios”. Creo que, preferiblemente, la Palabra de Cristo la traduce así alguna. Pero la cuestión es que, de una forma u otra, es la Palabra de Dios o la Palabra de Cristo, que son una y la misma —es la que produce la salvación. La fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Cristo. Por eso usted necesita tener predicadores, por eso usted necesita tener a personas que salgan a hablar la verdad.

Dice en el versículo 13: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. Pero, “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? 15 ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? ”. Incluso cuando son enviados, la implicación es que deben oír la Palabra de Cristo. Así que, de nuevo, es enfatizado: la Escritura es la fuente.

En Efesios capítulo 5, esa gran sección sobre el matrimonio comparado con la iglesia, versículo 25 dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la Palabra”. Cristo ha limpiado a Su iglesia, ha salvado a Su iglesia mediante el lavamiento del agua con la Palabra. La Palabra, una vez más, es la agencia.

Y Pablo escribió en los Tesalonicenses, en 1 Tesalonicenses 2:3, y se refiere a la obra: “La Palabra de Dios que actúa en vosotros los que creéis”. La Palabra obra. La salvación ocurre cuando usted tiene un corazón listo, que está abierto para creer, mezclado con la revelación de Dios. La Palabra de Dios en un corazón listo, ese es el punto. Santiago se refiere a la misma dinámica; en Santiago 1:18, él dice: “Él nos hizo nacer”, nos engendró, nos redimió, nos salvó, “por la Palabra de verdad”, por la Palabra de verdad. Así que la Escritura, la Palabra de Dios, es la fuente de salvación. Por eso, Filipenses 2:16, la llama “la Palabra de vida”. Es caracterizada como aquello que da vida.

Salmo 19:7: “La ley de Jehová es perfecta” —¿cuál es el resto del versículo?— “Que convierte el alma”, tiene el poder de convertir. Y pienso de regreso en Nehemías, tremenda ilustración de esto. Acompáñenme por un momento al capítulo 8 de Nehemías, que está unos libros a la izquierda de los Salmos. Y en Nehemías, capítulo 8, tenemos la introducción, la presentación de un avivamiento. El capítulo 8 de Nehemías comienza; fue el comienzo de un avivamiento real, y creo que muchas personas fueron salvas en el verdadero sentido de la salvación del Antiguo Testamento durante este avivamiento.

“Y se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas”, la plaza que estaba frente a la puerta de las Aguas, “y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés”. Tres simples palabras: trae el libro. En realidad, lo decía todo. Y él “trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley”.

Se quedaron ahí escuchando la lectura hora, tras hora, tras hora. Había un púlpito de madera, versículo 4, para “ese propósito”, y Esdras, versículo 5: “Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra”.

El versículo 8 dice que: “Mientras leían el libro de la ley de Dios, traducían para que el texto tuviera sentido y pudieran comprenderlo”. Tenían que traducirlo del hebreo al arameo, su lengua común, y al explicarlo, así leían y explicaban la Palabra. La respuesta del pueblo fue asombrosa. Dice al final del versículo 9: “Se dice que lloraban al oír las Palabras de la ley”; fueron entristecidos por el pecado de ellos, les impactó la falta de la ley de Dios en sus oídos.

El resultado final de todo esto fue que la gente realmente regresó sus corazones a Dios. Y, esta lectura continúa al final del versículo 18, dice que hicieron la fiesta solemne durante siete días y leyeron del libro de la ley”. La primera parte del versículo dice eternamente: “Desde el primer día hasta el último”. Luego, la gente comenzó a alabar a Dios en el capítulo 9. Estaban alabando y elevando adoración al Dios que se había revelado a Sí mismo en la Escritura. Estaban poniendo sus corazones en orden. Abajo, en el versículo 28 del capítulo 10, después de esa larga lista de personas que firmaron el documento, dice que: “Se unían, hicieron un compromiso, tomaron una maldición”, versículo 29, “hicieron un juramento de andar en la ley de Dios, de guardar y observar todos los mandamientos de Dios Nuestro Señor, y Su ordenanza y Sus estatutos”.

El resultado neto fue que la gente hizo un compromiso con Dios y yo creo que hubo salvación en ese período de tiempo a través de esa fiesta de siete días. Hubo un gran movimiento de Dios y muchos fueron salvados, y fue el resultado directo de simplemente estar de pie, leer y traducir y explicar la Escritura; tiene el poder de convertir el alma, el poder de salvar.

Vea otra ilustración tomada del Nuevo Testamento, concretamente el capítulo 8 de Lucas, en el que nuestro Señor enseña una parábola conocida que ilustra el mismo punto principal. Jesús enseñando aquí acerca de la parábola de los sembradores, las tierras y la semilla, y el versículo 5 dice de Lucas 8: “El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque no tenía humedad. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron. Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno”. Y les dijo: “Escuchen bien lo que les digo”.

Luego, en el versículo 9 le preguntaron qué estaba diciendo. Él les está explicando, comenzando en el versículo 10: “A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan”. En otras palabras, les dice: “Se los voy a explicar a ustedes porque obviamente ustedes pertenecen a Dios. Para ellos, seguirá siendo un enigma”. La explicación llega entonces en el versículo 11: “En la parábola, la semilla es la Palabra de Dios”. Aquello que produce nueva vida en buena tierra es la Palabra de Dios. Ese es el punto.

Si la tierra no está bien, no se obtendrá el producto deseado. Si es una tierra dura como la del camino, significa que aquellos que están junto al camino son aquellos que han oído la Palabra de Dios, está en sus corazones, pero el Diablo viene y se la quita del corazón para que no crean y se salven. Y quienes están en terrenos rocosos son aquellos que, aunque reciben la Palabra con gozo, no tienen raíces firmes. Creen por un tiempo, y en tiempo de tentación se apartan.

Y la semilla que cayó entre espinos, esos son los que oyeron la Palabra, pero al seguir su camino se ahogan en las preocupaciones, riquezas y placeres de esta vida, y no dan fruto maduro. La Palabra de Dios cae en lugares donde la tierra no está preparada. Está llena de maleza, de piedras o simplemente, dura. Pero, versículo 15: “Cuando la semilla cae en buena tierra, esos son los que oyeron la Palabra con un corazón honesto y bueno, la retienen y dan fruto con perseverancia”.

Entonces, lo que usted tiene aquí es la Palabra de Dios colocada en un corazón listo; un corazón preparado produce salvación. Las implicaciones prácticas de esto son obvias. El corazón y el alma de nuestro ministerio evangelístico debe ser la Palabra de Dios. A veces la gente dice: “Bueno, si enseñas la Biblia todo el tiempo, ¿cuándo vas a evangelizar?”. Amados, la Biblia es la herramienta más grande de evangelismo. ¿Cómo podríamos siquiera llegar al punto de cuestionar algo así?

Cuando un intérprete de la ley le preguntó a Jesús en Lucas 10:25–26: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Jesús le dijo a aquel hombre: “¿Qué está escrito en la ley y cómo la interpretas?” Ve a la Escritura, ve a la Escritura; usted puede volver al Antiguo Testamento, a las Sagradas Escrituras, y ellas pueden hacerlo austed sabio para la salvación, que, claro, ha venido en la plenitud del tiempo, mediante lo que Cristo ha logrado. ¿Qué dice la Escritura? Jesús dijo: “Escudriñad las Escrituras porque ellas dan testimonio de mí”, y luego un texto muy, muy explícito, 1 Pedro 1. Vaya ahí por un momento. Versículo 23: “Han renacido” —dice— “no de simiente corruptible, sino de simiente incorruptible”, es decir —refiriéndose a la simiente— “por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre”.

La semilla es la Palabra de Dios, una vez más. Es esa semilla plantada en buena tierra que produce salvación. Entonces, si queremos ser eficaces en el evangelismo, debemos enseñar la Palabra de Dios. Si queremos ser eficaces al alcanzar a nuestros amigos, debemos darles la Palabra de Dios. En lugar de hacerlo muy complicado, permítame presentárselo de la manera más simple que puedo. Si conoce a alguien que no es salvo, lo primero que usted debe hacer es darle —¿qué?— una Biblia. La Biblia, recuerde eso. No se vuelva demasiado complicado. No se sienta incapaz por no poder explicar todo asunto teológico. Digo, usted no necesita conocer todas las respuestas a todas las preguntas; la Biblia será suficiente.

Hablé con una joven hace un par de días y ella me dijo: “Sabes, hay tantas cosas que no entiendo”. Viene de un ambiente orientado a las drogas. “Tantas cosas que no entiendo”. Pero ella dijo: “Una cosa entiendo”. Ella dijo: “La otra noche, leí el capítulo en la Biblia llamado Efesios”, así lo dijo. “Leí el capítulo de la Biblia llamado Efesios”. Hombre, usted no puede leer eso sin saber que es la verdad”. Dije: “Bueno, eso es muy interesante”. Ella dijo: “Está bastante claro ahí”. Y realmente, creo que el Señor ha operado en su corazón, ha profesado fe en Cristo, y de repente, muchas cosas están cobrando vida para ella, pero todo surgió a través de la lectura de la Palabra de Dios. No es tan complejo como queremos hacerlo.

Y claro, enfocándose en eso, cuando le da a alguien una Biblia, anímele a leer Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y a ver si puede soportarlo. Si no puede sobrevivir eso, la tierra no está lista; no hay nada malo con la semilla. La tierra no está lista. Dios no ha preparado la tierra. Pero la semilla está ahí. Así que vemos que están comprometidos con eso. Él dice: “Has nacido de nuevo por medio de la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre”. El versículo 25 dice: “Esta es la Palabra que os ha sido predicada”. Lo ilustra en ese pasaje con una cita de Isaías capítulo 40, comparando la Palabra de Dios con la carne pasajera. La Palabra permanece y vive para siempre, hace su obra, produce vida.

Esto podría ser ilustrado, creo yo, de una manera bastante simple con un relato más bien breve pero hermoso de la conversión de una mujer en Hechos 16. Lidia era su nombre, y habla de ella en el versículo 14, solo de manera muy breve: “Una mujer” —Hechos 16:14— “llamada Lidia de la ciudad de Tiatira, vendedora de púrpura”. Esta era una mujer de negocios, vendía telas púrpura, y se ganaba la vida así. “Adoraba a Dios”, es decir,[MC1]  ella era recta en el sentido de que estaba buscando al Dios verdadero y deseaba adorar al Dios verdadero, pero aún no había estado expuesta al evangelio de Cristo. Ella estaba oyendo, y luego esto: “Y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviera atenta a las cosas que Pablo decía. Y cuando ella y su familia fueron bautizados” —y sigue. Me encanta eso. El Señor abrió el corazón de ella para responder a las cosas habladas por Pablo. Esa es la esencia de la salvación. Usted habla la verdad de la Palabra de Dios y deja que el Señor abra el corazón.

Teóricamente, de nada habría servido que Dios abriera el corazón si allí no hubiera verdad. No sirve de nada también que hablemos nosotros la verdad si el corazón no está abierto, excepto por el hecho de que hayamos cumplido con nuestro deber. Usted no puede traer salvación a menos que el corazón sea abierto, así que nuestra tarea es difundir la Palabra, difundir la semilla, predicar la verdad, dar la Palabra de Dios, y la parte de Dios es soberanamente y en Su gracia, abrir el corazón. Las implicaciones, de nuevo, les reitero a ustedes, son claras.

Ahora, en el evangelismo, queremos darle a la gente la Palabra de Dios. Es así de simple, así de básico. Es decir, esto es algo muy básico, muy primordial. Pero me ayuda ahora que nos detenemos aquí, después de casi 20 años de ministerio, regresar al principio y preguntarnos: “¿Por qué hacemos esto?” Porque esto es lo que debemos hacer. No hay nada más. Alguien podrá decir: “Bueno, ya sabes, llevamos mucho tiempo haciendo esto, ¿podemos hacer algo diferente?” No. “Digo, llevamos mucho tiempo enseñando la Biblia, hemos estado dando enseñanzas expositivas, hemos estado cubriendo este pasaje bíblico, ¿podemos hacer algo más?” No. Nunca habrá nada más porque esto es lo que se nos ha encomendado hacer, esto es lo que trae la salvación.

Hay una segunda cosa. Vamos al versículo 16 de 2 Timoteo 3, y esa lista que está ahí indica cuatro cosas, además de la salvación, que son la obra de la Palabra. Primero está la enseñanza, luego la reprensión, después la corrección y, finalmente, la instrucción en justicia. Dejaremos las últimas tres para la próxima vez y nos centraremos en lo que la Escritura denomina enseñanza o doctrina. “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar”. Enseñar. Esta función, obviamente, se lleva a cabo después de que la salvación ha ocurrido.

¿Por qué? En 1 Corintios 2:14: “El hombre natural no entiende las cosas de Dios, porque para él son locura, porque se han de discernir espiritualmente y está espiritualmente muerto, pero nosotros, los que somos salvos” —dice el versículo 16— “tenemos la mente de Cristo”. Tenemos el Espíritu Santo, como nos dice 1 Juan, capítulo 2. No necesitamos que los hombres nos enseñen porque tenemos la unción de Dios, quien nos enseña todas las cosas. Así que, al volverse un creyente, usted recibe lo que los teólogos han escogido llamar “el ministerio de iluminación del Espíritu Santo”. El Espíritu habita en su corazón y comienza a iluminarle la Palabra a usted y empieza usted a entender lo que enseña.

Ahora, el término “enseñar” aquí no describe un proceso, sino contenido. Describe un conjunto de verdad, aquello que es enseñado, didaskalia, aquello que es enseñado. La Escritura entonces deposita en usted la verdad. Le da a usted un cuerpo de verdad por el que usted debe pensar y actuar. Eso es básicamente. Eso, la Escritura es un cuerpo de verdad que debe controlar su pensamiento y sus acciones. Y entonces, conforme usted estudia la Palabra de Dios, usted acumula ese cuerpo de verdad, y entre más acumula usted eso, más se va a circunscribir su conducta a los estándares de Dios.

Pero todo comienza con el contenido. La gente —y lo he dicho durante años— la gente no puede hacer lo que no conoce. No puede funcionar según principios que no entienden. No pueden vivir una verdad inexistente. Si usted no lo sabe, no lo puede hacer. Quizás de vez en cuando, se tope con ello como el cerdo ciego que encuentra un poco de comida aquí y allá. Pero, en términos generales, solo podrá ser lo que usted entiende. Entonces, primordialmente, la Escritura está ahí para proveer para la persona salva un depósito de verdad, principios para la vida y el pensamiento.

De hecho, hemos notado un par de veces en nuestro estudio de 1 y 2 Timoteo que Pablo le dice a Timoteo: “Guarda ese depósito que se te ha confiado”, ese cuerpo de verdad. Pablo se centró en la doctrina apostólica en lo que Dios le había enseñado y que Dios había ordenado que transmitiera como un cuerpo de verdad que fuera dado. Él dice en Hechos capítulo 20: “No he dejado de anunciaros todo el consejo de Dios; les he enseñado día y noche con lágrimas. Les he enseñado públicamente, de casa en casa”. Predicaba todos los fines de semana en la sinagoga. Siempre, siempre dando la verdad para que la gente tuviera un depósito de verdad que gobernara sus vidas.

Y esa verdad es la misma que la Palabra de Dios. Juan 17:17 dice que Jesús le dijo al Padre: “Tu Palabra es verdad”. “Tu Palabra es verdad”. Siempre he tenido ese tipo —no sé, es casi un hambre insaciable en mi propio corazón, por entender la Palabra de Dios. Simplemente, tengo esta sed estable de entenderla; quiero saber qué significa lo que dice. Puedo leer lo que dice y quiero saber lo que significa, lo que dice. Ese apetito, más que cualquier otra cosa en el ministerio, me impulsa a estudiar. Me obliga. Es el deseo de saber lo que Dios dice.

Quiero ese cuerpo de verdad. No quiero ninguna laguna. No quiero que falte nada. Mucha gente, a lo largo de los años en el ministerio, se me ha acercado y me ha dicho: “Bueno, si hubiera sabido eso, nunca habría hecho esto. Bueno, si hubiera sabido que la Biblia enseña eso, no habría hecho esto. Si hubiera sabido eso, nunca me habría metido en este lío”. Así es. Usted debe saber lo que dice la Escritura. De hecho, atrás en Oseas, ¿recuerda cuál fue la acusación de Oseas cuando Dios le habló al profeta? En el capítulo 4, dijo: “Mi pueblo es destruido por falta de —¿qué?— conocimiento”. No falta de celo, no falta de emoción, no falta de nada más que conocimiento. No sabían, y lo que no sabían, no lo podían vivir.

Por eso usted necesita estar en un lugar que enseña la Palabra de Dios y necesita aprender la Palabra de Dios. La proclamación sistemática y fiel de la verdad de Dios es fundamental para la vida. Debemos conocer la verdad de Dios; la Escritura nos la da, es útil para la doctrina, nos da nuestro marco de referencia. En Éxodo 24, estaba pensando cuando Moisés llegó y le contó al pueblo toda la Palabra, las Palabras del Señor y todas las ordenanzas, y todo el pueblo respondió a una voz y dijo: “Haremos todo lo que Jehová ha dicho”. Esa es la actitud. Moisés le dio todas las Palabras del Señor y ellos dijeron: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho”.

No estuvieron a la altura, pero fue un buen pensamiento. También debería ser nuestro compromiso. Debemos saber todo lo que Dios dijo, y todo lo que Dios dijo, lo haremos. ¿Por qué creen que en la Gran Comisión se nos dice: “Id y haced discípulos de todos los hombres, bautizándolos, enseñándoles que guarden todo lo que yo os he”—¿qué?—“mandado”. Tenemos la responsabilidad tremenda de dar el depósito de la verdad, y eso toma mucho tiempo. Me han preguntado varias veces por qué permanezco tanto tiempo en una iglesia. Bueno, todavía no he cubierto todo el terreno. Hay mucho por cubrir, y sé que a veces pensamos que lo hemos aprendido todo, pero no es el caso.

Sin embargo, por otro lado, hay un sentido en el que conocemos los principios de la Palabra de Dios que son ilustrados de maneras innumerables a lo largo de la Escritura, de modo que estamos acumulando y entendiendo aquello que puede protegernos y guiarnos en la vida. Y lo vemos repetido en diferentes circunstancias y contextos a lo largo de la Escritura. Los hombres deben conocer la verdad de Dios. Vea Mateo, por un momento, capítulo 22, solo para ampliar su pensamiento una vez más en esta área.

Mateo 22, versículo 16, puede ser uno de los elogios más maravillosos que jamás le han dado a Cristo los incrédulos. Los fariseos vinieron e intentaron tenderle una trampa a Jesús con sus palabras, siempre tratando de hacerlo para acabar con Él. Enviaron a sus discípulos junto con los herodianos, una alianza extraña. Dijeron: “Maestro” —me encanta esto—, “sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y que no te dejas influenciar por nadie, pues no haces acepción de personas”.

Supongo que, en secreto, en mi corazón, eso sería lo que yo desearía: algún día, cuando vaya a la tumba, alguien pudiera decir acerca de mí: “Eres veraz, enseñas el camino de Dios con verdad y no te doblegas ante nadie, pues no tienes favoritismos”. ¡Qué integridad! ¡Qué integridad absoluta y tan clara! Jesús enseñó con veracidad el camino de Dios con verdad, sin doblegarse ante nadie, ni fue parcial hacia nadie. No podía ser intimidado. Estaba comprometido con la verdad. ¡Qué gran elogio! Él enseñó la verdad de Dios porque eso era lo que los hombres necesitaban saber. No siempre fue popular.

Alguien me dijo el otro día: “Bueno, sabes, estuve en un lugar y cierta persona de tu iglesia vino a hablar, y todo lo que dijo era cierto, pero no debería haberlo dicho porque ofendió a algunas personas”. Bueno, verá, esa es cuestión de... supongo, usted debe ser cauteloso. No tiene sentido atacar a la gente sin piedad en todas las circunstancias, pero ese es un poco el espíritu de la época que dice: “No te preocupes por decir la verdad, sino preocúpate mucho más por no ofender a nadie”. Así que uno cede.

Es mucho más emocionante simplemente decir la verdad y ver qué pasa. Usted puede irse y decir: “Bueno, ¿cómo salió?”. Muchas veces, se conforma con un asunto como: “Estuvo bien. Todos estuvieron muy contentos. Estuvo genial. Lo disfrutaron”. Esa tal vez no sea la respuesta correcta. Tal vez, debería irse y decir: “¿Cómo estuvo?”. “Estuvo bien. Hubo un disturbio. Un disturbio después de que terminé. Una gran pelea. Tres personas recibieron disparos. Cuatro personas derribaron el edificio. Fue genial. Fue simplemente maravilloso. Estaban tan molestos por el evangelio”, que digo, tal vez ese sea un enfoque diferente. No estoy abogando por eso en este momento en particular para cada situación, pero ¿qué pasó con ese tipo de enfoque?

Jesús dijo... Decían de Jesús que siempre enseñó la verdad del camino de Dios en verdad. No se doblegó ante nadie. No hizo acepción de personas. Hombre, no se doblegó ante nadie pensando que podía ofenderlos con lo que decía. No hizo acepción de personas. No tomó partido. Pablo tenía el mismo espíritu. Pablo dice, en Hechos 20, esencialmente lo mismo: “Yo solo voy a enseñar exactamente lo que Cristo me da que enseñe, y voy a ir a enseñarlo donde tenga que enseñarlo. Y no me voy a preocupar por lo que me pase, y no me voy a preocupar por mi propia vida, porque no la considero valiosa para mí”.

Mire, debemos estar comprometidos con la verdad, con construir ese cuerpo de verdad que se convierte en la fortaleza que levanta los muros para nuestra conducta, para la forma en la que vivimos la vida. Debemos estar comprometidos con la verdad. Debemos estar comprometidos con construir esa fortaleza. En 2 Crónicas 34 habla de Josías; el rey se mantuvo firme en su lugar. Hizo un pacto ante Jehová, para seguir a Jehová, para guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos con todo su corazón y con toda su alma, para cumplir las palabras del pacto escritas en este libro. Hombre, qué hombre tan devoto. Qué hombre tan devoto.

Déjenme repetir lo que dijo. Guardar los mandamientos. Primero que nada, dijo que caminarán delante de Jehová o detrás de Jehová, que guardarán los mandamientos, los testimonios, los estatutos con todo su corazón, con toda su alma, que cumplieran las palabras del pacto escritas en este libro. Digo, ahí es donde comienza la vida cristiana. A eso llama Dios a un pueblo que se compromete, que se compromete con la Palabra de Dios. Ahora, ¿cuál es la implicación práctica de esto? Primero que nada, usted tiene que saberlo y luego—¿qué?—tiene que vivirlo. Pero comienza con saberlo.

Tengo una Biblia antigua en casa abierta en el primer capítulo de Josué; está justo en la entrada de nuestra casa; al entrar, es lo primero que se ve y está abierta en estos versículos, Josué 1:7 y 8: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien”.. Ten cuidado de hacer todo lo que en él está escrito.

Cada vez que entro o salgo de nuestra casa veo eso y recuerdo que soy responsable ante Dios de hacer todo lo que está escrito en este libro. Primero, tengo que saber lo que está escrito en ese libro para poder hacerlo. Así que estoy comprometido con el hecho de que la Escritura es la fuente de la doctrina, la fuente de enseñanza. No hay otra fuente. No hay otro lugar adónde ir; todo está aquí en el libro de Dios. Hay otros libros útiles que comentan sobre esto, lo amplían, lo aclaran, lo aplican, pero esto es todo.

Permítame dárselo en la forma de una ilustración. Efesios, capítulo 6, y solo vamos a concluir con este versículo. Efesios, capítulo 6, versículo 17. Aquí, en la armadura del cristiano, tenemos una ilustración vívida, creo yo, de la importancia de la Palabra de Dios y su lugar en la vida del creyente. Armados aquí con nuestra armadura cristiana para luchar contra Satanás y sus demonios, descritos para nosotros en el versículo 12, nos da todos estos elementos de la armadura. Básicamente, todos son defensivos: un casco para protegernos, una coraza para protegernos, un escudo para protegernos, nuestros pies calzados con la preparación que nos protegerá, nos permitirá mantenernos firmes y demás. Finalmente, usted llega a un arma ofensiva en el versículo 17, que es la espada del Espíritu.

Ahora, solo para ayudarle a entenderlo mejor, la palabra griega para espada es makaira. La palabra romfaia se refiere a una espada grande de casi un metro o metro veinte de largo. Y esa no es la palabra que es usada aquí. Se trata aquí de una daga de unos 15 centímetros, un arma pequeña y precisa que debe usarse con suma precisión para asestar un golpe mortal. Así que la Palabra de Dios, en primer lugar, debe usarse con precisión. Es la espada del Espíritu, no la romfaia del Espíritu para ser blandida indiscriminadamente. No se golpea a los demonios en la cabeza con una Biblia enorme. La espada debe ser usada con discriminación tremenda, astucia tremenda, precaución tremenda, habilidad tremenda.

Entonces, él dice: “La espada del Espíritu”, y luego le dice aquí lo que es: es la Palabra de Dios. En lugar de la palabra logos para “palabra”, usa el término griego rhēma, que básicamente significa una declaración específica, una declaración específica. Parece que está tratando de enfatizar aquí que usted debe usar la Escritura con precisión. Usa la declaración específica como una pequeña daga clavada en un área vital, con gran destreza. No es el sentido de que yo tengo la espada del Espíritu porque tengo una Biblia. Usted puede tener muchas Biblias y no tener la espada del Espíritu, a menos que sepa cómo usar esas declaraciones específicas de la Escritura que se aplican en puntos específicos de tentación, con precisión.

Ese es el punto. La espada del Espíritu es un arma de precisión y es usada con precisión para ser aplicada con precisión a situaciones específicas, y por eso Pablo le dice a Timoteo: “Estudia, procura con diligencia presentarte delante de Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse. Que usa bien la Palabra de verdad”. Usted debe entenderla. Usted debe saber cómo trazarla derecho. Usted debe saber cómo interpretarla y aplicarla correctamente para poder usar la espada.

Me considero un maestro de la Palabra de Dios, esforzándome por brindarle la espada en cada situación. Quizás conozca la declaración específica de Dios sobre muchas cosas, pero tal vez desconozca su declaración específica sobre otras. Entonces, si le atacan en esa área, no podrá usar esa arma porque desconoce esa declaración específica. El desafío al aprender la Palabra de Dios es dominar esas verdades que le dan a usted el depósito para que tenga la espada en cada situación. Y dondequiera que Satanás le ataque, usted pueda sacarla y usarla con precisión porque sabe precisamente lo que la Palabra de Dios tiene que decir.

Creo que la ilustración maestra de esto se encuentra en la tentación de Jesús. Se da cuenta de que cuando Jesús fue tentado por el diablo en esas tres ocasiones, cada vez que el diablo lo tentó, respondió con ¿qué? Con la Escritura. Él citó Deuteronomio, un pasaje de Deuteronomio. Jesús no tenía por qué hacer eso. Jesús no tenía por qué citar la Escritura. Él pudo haber dicho cualquier cosa y se habría convertido en Escritura. Él no tenía por qué citar la Escritura.

¿Por qué hizo Él eso? Nos estaba dando —¿qué?— un patrón. Nos estaba dando un ejemplo. Nos estaba dando un medio para saber cómo lidiar con la tentación. Era el secreto espiritual de Jesús, por así decirlo; parafraseando una idea bastante popular. Nos estaba permitiendo entender el corazón de Cristo y cómo Él lidiaba con el enemigo, sirviéndonos de patrón para cómo nosotros debemos hacerlo. Y en cada caso, cuando llegaba la tentación, Jesús citaba un versículo que era una refutación directa contra la tentación. Él tenía la espada y Él podía usar eso con precisión para asestar un golpe fatal.

Y en esencia, eso es lo que debemos hacer. Y eso es lo que sucede cuando la Palabra de Dios es asimilada y se entiende. Y cuando usted tiene la espada, usted puede usar la espada y puede usarla con precisión en cualquier situación dada. Usted se vuelve potencialmente un vencedor si usted aplica lo que usted tiene. Entonces, la Palabra de Dios, la Escritura, es útil. Es útil para salvación. Es útil para doctrina.

Y Dios quiere traer esa Palabra a nuestras vidas como creyentes constantemente, sistemáticamente, repetidamente, para que la Palabra de Cristo more —¿Qué?— en abundancia en nosotros, abundantemente, superabundantemente. Para que literalmente seamos dominados, saturados, llenos de la Palabra. Para que nuestra mente sea renovada con la Palabra. Para que podamos poseer la espada. Para que podamos pensar y actuar de acuerdo con la verdad de Dios.

¿Cuál es la obra de la Palabra? Salvar, enseñar, y siempre cumple su propósito cuando es mezclada con un corazón creyente y receptivo, y confío en que el de usted sea así. No podemos detenernos aquí porque no siempre respondemos a la Palabra como deberíamos. Por eso la Palabra también tiene un ministerio de reprensión y un ministerio de corrección y un ministerio de instrucción que incluye la disciplina. Hablaremos de eso la próxima vez. Inclinémonos juntos en oración.

Te agradecemos por esa verdad en Deuteronomio 8:3, que toda Palabra de Dios es pan. Padre, Te agradecemos por esta Palabra que verdaderamente es pan que nos alimenta. Señor, queremos agradecerte porque la Palabra vino a nosotros y fue mezclada con fe porque Tú preparaste nuestros corazones por Tu gracia soberana. Queremos agradecerte porque Tú araste la tierra, porque Tú permitiste que Tu Espíritu Santo, sí, encomendaste a Tu Espíritu Santo que hiciera una obra de convicción en nuestro corazón y fuimos convencidos de pecado, justicia y juicio.

La tierra fue preparada y, cuando llegó la Palabra, creímos. Te agradecemos por esa Palabra que da vida. Y, Padre, también Te agradecemos por el depósito de la verdad. Esa doctrina que guarda nuestros pensamientos y nuestras acciones. Te agradecemos porque no solo nos has dado el libro, sino también al Maestro que mora en nosotros, al Iluminador. Al mismo Autor del libro. Qué pensamiento es, que pensar que no solo poseemos el libro, sino que también tenemos viviendo en nosotros al que lo escribió.

Oh, Señor, no es de extrañar que no necesitemos confiar en los hombres, sino que tengamos la unción tuya para enseñarnos todas las cosas. Ayúdanos, Señor, a quienes hemos sido salvados por el poder de la Palabra para ser edificados por su poder, para ser nutridos por las Palabras de la fe y la buena enseñanza. Ayúdanos a permitir que la Palabra de Cristo more en abundancia en nosotros para que se manifieste en todas esas maravillas escritas en Colosenses 3.

Ayúdanos a que nuestra mente sea renovada. Ayúdanos a pensar en cosas puras, y amables, y rectas y buenas, en las cosas de la Palabra, que respondamos al mandato de Josué 1 de jamás dejar que nuestra mente sea aparte de Tu Palabra, que, como el pueblo de antaño, como Josías, hagamos un pacto para seguir al Señor, para guardar Su ley, Sus testimonios y Sus estatutos todos los días de nuestra vida.

Gracias porque nos has dado el contenido para gobernar nuestras vidas, nos has dado el contenido para vencer a Satanás, nos has dado todo lo que necesitamos. Te agradecemos porque la Palabra cumplirá su obra nosotros que la recibimos por causa de Jesús. Améen.

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