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Tengo mucho en mi mente y corazón para decirles esta noche a partir del texto de Génesis capítulo 3, así que abramos nuestras Biblias a esta sección final de los versículos 20 al 24, Génesis capítulo 3. En el tercer capítulo de Génesis básicamente estamos tratando con el tema del origen e impacto del pecado y hemos cubierto muchos mensajes en este capítulo. Ahora llegamos al final del capítulo, donde el tema es la promesa de la redención. Hemos estudiado el origen del pecado, el impacto en cuanto a la maldición y ahora el impacto en cuanto a la redención.

Permítanme leer los versículos 20 al 24: “Y llamó Adán el nombre de su mujer Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes. Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles y los vistió. Y dijo Jehová Dios: Si aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal. Ahora, pues que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y coma y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén para que labrase la tierra de que fue tomado. Hechó, pues, fuera al hombre y puso al oriente del huerto de Edén querubines y una espada encendida que se revolvía por todos lados para guardar el camino del árbol de la vida”.

Ahora, conforme nos acercamos a estos versículos, los cinco versículos que terminan este gran capítulo, quiero recordarle que Dios es por naturaleza un salvador de pecadores.

De hecho, Dios lleva ese título. En 1 Timoteo capítulo 1, es llamado: “Dios nuestro Salvador”. En Tito capítulo 1, versículos 3 y 4, Tito capítulo 2 y nuevamente en Tito capítulo 3, Dios es llamado Dios nuestro salvador. Primera de Timoteo 4:10: “Dios es salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen”.

Y cuando Dios vino al mundo en forma humana, Jesucristo, Él también es llamado nuestro salvador. Él vino para buscar y salvar lo que se había perdido. Y una de las cosas que es muy clara en la Escritura es que Dios tiene una disposición en su naturaleza para salvar a los pecadores, para salvarlos del pecado, para salvarlos de las consecuencias del pecado, para salvarlos del poder del pecado, incluso para salvarlos de la presencia del pecado. Esto no es ajeno a la naturaleza de Dios, esto es fiel a Su naturaleza.

Y le he dicho en el pasado, no hay otra deidad en el panteón de religiones humanas y demoníacas. No hay otra deidad que se haya inventado que sea por naturaleza un salvador de pecadores. Esta es la completa singularidad del cristianismo, que nuestro Dios, el Dios verdadero y vivo, el único Dios, es un salvador de pecadores por naturaleza.

Y somos presentados por primera vez a Dios como salvador en los cinco versículos que acabo de leerles. Esta es la primera vez en la Biblia que Dios es presentado como salvador, justo después de la caída, al principio del capítulo, siguiendo inmediatamente la maldición que viene en medio del capítulo, Dios se nos presenta como salvador. Aquí, en esa plenitud asombrosa que Dios puede poner en unas pocas palabras, lo encontramos siendo presentado como el salvador. Encontramos aquí la introducción de su plan de redención, encontramos aquí la indicación de que Él está trayendo salvación a personas pecadoras.

Ahora, todos los componentes de la salvación están presentes en el texto que leí, y admito que no están inmediatamente presentes en la primera lectura, probablemente se están preguntando dónde veo esas cosas. Bueno se los diré en un momento, pero todo lo esencial está aquí. Desde el lado del hombre hay básicamente dos cosas: Fe y esperanza. Fe y esperanza. Esas son las dos cosas necesarias con respecto al lado del hombre de la salvación. Tenemos que creer en el Señor para ser salvos.

Tenemos que creer en su palabra, poner nuestra confianza en lo que Él ha dicho y ha prometido, y luego habiendo creído, vivimos en esperanza en algo que aún no hemos visto ni recibido. Y así, es requerido que seamos caracterizados por la fe y la esperanza, eso es de nuestro lado. Del lado de Dios, dos cosas son necesarias: Expiación y seguridad. Expiación y seguridad. Dios tiene que proveer una expiación adecuada para cubrir nuestro pecado, y luego tiene que aferrarse a nosotros para mantenernos salvos hasta que lleguemos a la gloria. Entonces, del lado del hombre, fe y esperanza, del lado de Dios, expiación y seguridad, esos son los elementos esenciales de la salvación.

Esa es la mezcla necesaria en el plan de Dios, y encuentra los cuatro de ellos en este texto. La salvación de pecadores, su liberación del pecado, su liberación de la muerte y el infierno siempre ha sido por fe y en esperanza. Y siempre ha sido a través de la expiación divina y la seguridad. Ahora, no toda la plenitud de esas grandes verdades está aquí, pero el primer vistazo a esas verdades está aquí, el primer vistazo a esas verdades está aquí. Este es el primer vistazo de lo que se revela progresivamente en la Escritura y es perfeccionado en la venida de Cristo y el Nuevo Testamento.

Ahora, volvamos a lo que hemos visto y hagamos un breve repaso. En primer lugar, la salvación o redención requiere fe, y vemos eso en el versículo 20: “Y Adán llamó al nombre de su mujer Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes”. Bueno, en el momento en que la llamó Eva (que significa vida), ella no era madre de nadie; eso fue un acto de fe. Ahora, ¿qué fue lo que causó que él colocara su fe en Dios y creer que ella sería la madre de todos los vivientes, cuando, de hecho, Dios dijo: “El día que comáis de él, ciertamente —¿morirás?” Ya habían comido, ya habían comenzado a experimentar los efectos físicos como también morales de la muerte.

¿Por qué llamaría a su esposa Eva como si ella fuera a ser la madre de todos los vivientes cuando, de hecho, la maldición era que, si comes, mueres? Bueno, la respuesta viene en el capítulo 3, versículo 15, donde se había hecho una gran promesa. La promesa era que Satanás estaría en enemistad con la mujer y que la descendencia o simiente de ella se enfrentaría en batalla contra la simiente de él, y la simiente de ella triunfaría al aplastar a Satanás en la cabeza y Satanás solo podría herir a la simiente de la mujer en el talón.

Dios prometió, entonces, que la mujer tendría un hijo y que de los lomos de esa mujer vendría uno que derrotaría a Satanás, literalmente aplastaría la cabeza de Satanás. Esa es la primera promesa de un salvador.

Ahora, para este momento, Adán y Eva saben que Satanás es un mentiroso. Satanás dijo: “Ciertamente no morirás, Dios te está ocultando cosas. Él no es un buen Dios, no te dijo la verdad, yo soy el bueno, te estoy diciendo la verdad”, etc., etc. Ellos por un tiempo creyeron a Satanás, luego fueron catapultados a un ambiente maldito, ellos mismos fueron maldecidos; ellos ahora saben que Satanás mintió y Dios dijo la verdad y Dios hizo una promesa: “Le daré a esa mujer una simiente, y de esa mujer vendrá uno que destruirá a Satanás. Que aplastará su cabeza, destruirá al enemigo. Destruirá al que trajo el pecado al ámbito humano y devolverá el paraíso al mundo”.

Cuando Adán llamó a su esposa Eva, porque ella era la madre de todos los vivientes, él estaba declarando con ese nombre que él creía que Dios cumpliría Su promesa. Como dije, en ese momento ella no era madre de nadie; él estaba nombrando a Eva por fe. Ellos habían creído a Satanás y no a Dios, pero ya no. Ahora saben que Satanás era un mentiroso y que Dios dijo la verdad. La fe fue plantada en los corazones de ellos; ellos creyeron en Dios y, en consecuencia, él la nombra a Eva, lo cual significa vida, y ella acepta el nombre.

También hay una penitencia, un arrepentimiento incorporado en eso. Ellos lamentaban de haber seguido a Satanás, ellos estaban lamentando de haberse vuelto desobedientes contra Dios, lamentaron haber caído en esa tentación. Hubo remordimiento y ciertamente un profundo sentido de penitencia. Ambos se arrepintieron por haber confiado en Satanás, quien destruyó su paraíso y destruyó sus vidas.

Y así, usted ve en el versículo 20, por el nombre que Adán le da a su esposa, que él ahora cree a Dios. Aunque la promesa era muerte, él cree que habrá vida porque Dios dijo que habría vida a partir del vientre de ella, vida en forma de uno que vendría a destruir a Satanás. Ellos ahora creen en Dios. La salvación viene a aquellos que creen en Dios. Ahora, ¿qué tenían que creer? Todo lo que había dicho Dios. Dios no había dicho mucho, solo había dado una promesa, realmente una gran promesa con respecto a la salvación, y es que Satanás sería derrotado, sería destruido, sería destruido por alguien nacido de mujer, y ellos creyeron en eso.

Y, en la medida de lo posible, entonces, creyeron en el Salvador que vendría. Ellos creían que Dios proveería un salvador, un libertador, uno que revertiría la caída, aplastaría la cabeza de la serpiente y devolvería el paraíso. Esa era la parte de ellos.

También vimos que el primer elemento por parte de Dios es la expiación. No sirve de nada que un hombre crea a menos que Dios proporcione un medio para la salvación. La fe del hombre y el arrepentimiento no significan absolutamente nada sin la provisión de Dios para el pecado. Y así, llega usted al versículo 21 y aquí vemos un retrato hermoso de la provisión de Dios: “Jehová, Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer y los vistió”.

Ahora, atrás en el capítulo 2, descubrimos al final del capítulo en el versículo 25 que estaban desnudos y nos avergonzaban; no había nada de qué avergonzarse, no tenían pensamientos malos, ni intenciones o motivos malvados, no había deseos de la carne, deseos de los ojos, no había nada malo en absoluto y estaban desnudos y estaban perfectamente bien. “Pero después de la caída, estaban desnudos” —capítulo 3, versículo 7— “y se avergonzaban; he inmediatamente se cubrieron a sí mismos porque comenzaron a sentir los impulsos del mal y había vergüenza”.

El pecado trajo culpa. El pecado trajo vergüenza. El pecado trajo todo tipo de sentimientos ilícitos.  Y así ellos, sintiéndose culpables, intentaron cubrirse, pero eso es insuficiente. Ningún hombre puede cubrir su propia vergüenza, ningún hombre puede cubrir su propia culpa, ninguna mujer tampoco. Y así, Dios aquí en una acción simbólica dice, que van a ser cubiertos y su vergüenza va a ser cubierta y su culpa va a ser cubierta. yo tendré que hacerlo. Y aquí voy a tener que hacerlo al matar algo.

¿Y a quién mató Él? Bueno, mata a un animal; obviamente, no se puede tomar la piel de un animal sin matar al animal. Y aquí está la primera vez que usted tiene muerte en la Biblia, la primera vez en la historia. Hasta este punto eran vegetarianos. Solo comían del fruto de la tierra, no comían animales, no había una cadena alimenticia en términos de animales, que comían otros animales. Toda la creación era vegetariana hasta este punto.

Esta es la primera muerte que hay y Dios es el primero que mata. Y Dios toma a uno de los animales inocentes; no nos dice cuál era la naturaleza de ese animal. Dios toma un animal culpable de realmente nada, un animal que no podía violar la ley de Dios en absoluto, no puede ser desobediente, que en ese sentido es un animal inocente, y Dios elige al animal, mata al animal, toma la piel y cubre a Adán y Eva, y nos introduce la naturaleza de la expiación.

La expiación es una cobertura para pecadores proporcionada por un sustituto inocente. Iré más allá, una cobertura para pecadores proporcionada por la muerte de un sustituto inocente. Y aquí se nos presenta entonces el concepto bíblico de expiación, que es la muerte de un sustituto por la cual un pecador es cubierto. Y eso retrata a Jesucristo y nos presenta la gran doctrina de la expiación sustitutiva, que Dios mató a un sustituto, y ese sustituto, en última sería su propio Hijo, el Señor Jesucristo, a quien Dios mató por Su consejo predeterminado, aunque fue por agencia humana.

Fue el propósito y plan de Dios que Él, el Cordero sin mancha, sin pecado, el inocente, muriera como sustituto por pecadores para proveer la cubierta que escondería para siempre la vergüenza de ellos y la culpabilidad de ellos. Por eso, ese gran pasaje de Isaías 53: “Fue herido por nuestras transgresiones, fue herido por nuestras iniquidades, el castigo de nuestra paz de Dios fue colocado sobre él, y por sus heridas, somos nosotros sanados”. Ese es el gran capítulo de Isaías 53 acerca de Jesús como el sustituto por pecadores.

Esto es expiación. ¿Por qué? Dios requiere la muerte por el pecado. El pecado trae consigo la muerte. La paga del pecado es muerte. El alma que pecare, esa morirá. Pero en lugar de matar a Adán y Eva, lo cual Dios tenía todo derecho de hacer instantáneamente, debido a que Dios por naturaleza es un salvador, misericordioso y lleno de gracia, entregó un sustituto, mata al sustituto y cubre la vergüenza y la culpa del pecador mediante la muerte de un sustituto. Su juicio, Su justicia, Su ira, son satisfechos por la muerte del sustituto.

Ahora, el animal no hizo eso. Ningún animal lo hizo, y hubieron millones de animales matados desde este primer sacrificio hasta el Nuevo Testamento, hasta la destrucción del templo en el año 70 después de Cristo. Hubieron millones y millones de animales matados en las ceremonias sacrificiales judías, ninguno de ellos jamás fue el sustituto. Todos ellos representaban al único sustituto que era Cristo. Así que aquí está esa imagen. Dios vistió al pecador desnudo, expuesto, culpable y avergonzado con una cobertura proporcionada por la muerte de un sustituto inocente.

Y eso es exactamente lo que significa la muerte de Jesús en la cruz. Él es inocente, sin mancha, es perfecto, santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores; sin embargo, Dios lo toma y lo pone en la cruz. “Él, que no conoció pecado” —2 Corintios 5:21— “fue hecho pecado por nosotros y se convierte en nuestro sustituto”.

Así que, el primer elemento de la salvación que se nos presenta es la fe. Fe en el hecho de que Dios ha provisto un libertador. Dios proveerá a uno que destruirá a la serpiente, que aplastará a Satanás y que vencerá al pecado y devolverá el paraíso. Pero ese tipo de fe es inútil, incluso si es una fe penitente, a menos que Dios haya provisto una expiación, y lo ha hecho.

Vayamos a un tercer elemento que está aquí. Aun viendo la parte de Dios, la salvación requiere no solo fe por parte del hombre, expiación por parte de Dios, sino que, en tercer lugar, por parte de Dios la salvación requiere seguridad. Este es un punto muy importante. La salvación requiere seguridad, vea el versículo 22: “Entonces, Jehová Dios dijo que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal. Ahora, no sea que alargue su mano y tome también el árbol de la vida y coma y viva para siempre” —tenemos un problema aquí, amigos, tenemos un problema. Un problema serio.

Jehová Dios dijo —una vez más se toma la iniciativa divina para actuar con gracia hacia el pecador. Dios sabe que ahora el hombre tiene conocimiento del bien y del mal de manera experiencial. No de la forma en que Dios lo sabe. Dice aquí: “Jehová Dios dijo: Aquí el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros”. Bueno, no; no en el sentido de conocer el bien y el mal fuera de uno mismo como Dios lo conoce. Dios conoce el mal fuera de sí mismo. Pero en el sentido de conocer el bien y el mal internamente. Él sabe lo que el hombre hizo porque lo experimentó.

El hombre ahora sabe lo suficiente como para estar en peligro. Él ha experimentado el bien y ha experimentado el mal. A él no le gusta el mal, no le gusta y le gustaría mitigar sus circunstancias, ¿usted no? Digo, si usted fuera Adán, usted estaría inmediatamente buscando alguna forma de salir del desastre en el que se ha metido, ¿verdad? Estaba sintiendo cosas que nunca había sentido antes, estaba lidiando con actitudes, e impulsos y deseos y lujuria que nunca había experimentado antes. Sentía vergüenza. Sabía que estaba muriendo. Sabía que había una consecuencia moral espiritual, así como una consecuencia física por lo que había hecho, y ahora usted entendía el impacto de esa consecuencia.

Y usted querría hacer todo lo posible para rectificar eso, para dar la vuelta a eso, para revertir eso. Usted se dirigía hacia la muerte por lo que la inclinación natural, si se dirigía hacia la muerte, sería dar la vuelta y dirigirse hacia el árbol de la vida, ¿verdad? Usted le diría a su esposa: “Sabes tenemos que volver a ese árbol de la vida porque si podemos llegar a ese árbol de la vida no moriremos. Sólo volvamos a ese árbol de la vida y vamos a estar bien. Comes de ese árbol vives para siempre. Eso es genial, tal vez por eso está aquí, ¿no es genial? Sólo vamos a regresar ya al árbol de la vida”.

Ahora, ellos sabían lo suficiente como para darse cuenta de que la bondad era mejor que el mal. Y sintiendo el impacto tremendo del mal querrían correr de regreso a lo que podrían percibir como la fuente de mitigar ese mal. Ellos conocían el mal al hacerlo; Dios conoce el mal al verlo. Lo conocían al hacerlo. Y lo que la serpiente les había prometido se había cumplido, hasta cierto punto. Es verdad, conocían el bien y el mal, hechos a imagen de Dios, pero totalmente inconscientes del mal, ya sea en pensamiento o en experiencia. Ahora, tienen mal por toda parte de ellos, está en cada pensamiento, en cada experiencia, está por todos lados y la imagen de Dios está desfigurada. Y la imagen de Dios está cicatrizada. Y todo en el mundo es diferente y comienzan por el camino hacia la muerte y ellos querrían mitigar eso.

Así que el versículo 22 dice: “El hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal, y ahora no sea que extienda su mano y tome también del árbol de la vida y coma y viva para siempre” —y el hebreo nunca termina la oración, hay una cláusula introductoria pero no hay una cláusula de conclusión. Es Dios simplemente diciendo: “Se exactamente lo que va a hacer, él va ir directamente al árbol de la vida, y va a extender la mano y va a decir si tan solo puedo conseguir ese árbol de la vida y comerlo viviré para siempre, mitigaré todas las consecuencias de mi pecado”.

No puedo dejarlo hacer eso, simplemente no puedo dejarlo hacer eso. El versículo 23 dice: “Por tanto Jehová Dios lo sacó del huerto del Edén”. Dios lo envió fuera. Ahora, lo que esto indica en primer lugar es que Edén existió por algún tiempo después de la caída. Todavía estaba allí. Digo, tomó un tiempo para que toda esa perfección sintiera los efectos de la caída. El árbol del conocimiento del bien y del mal todavía estaba allí, el árbol de la vida todavía estaba allí. Todo el resto del paraíso de Dios todavía estaba allí. Los ríos que fluían a través de él todavía estaban allí, existió por algún tiempo.

No sabemos cuánto tiempo existió. Hubiera sido destruido en última instancia en el momento del diluvio, pero podría haber muerto mucho antes. No tenemos forma de saber eso. Pero en este momento en particular después de la caída, el árbol de la vida todavía estaba allí y si comían de él vivirían para siempre. Ahora, recuerde esto, la vida eterna en el árbol de la vida no está en la botánica del árbol. No está en el ADN del árbol. No es algo que está en la química de la fruta. Es simplemente, por decreto divino que el árbol daría vida. Simplemente, porque eso es lo que Dios dijo que haría, y por lo tanto, eso es lo que haría.

Dice usted: “Bueno, ¿no es eso algo bueno? Digo, ¿no será genial? Podrían ir allí y simplemente podrían comer y neutralizarían los efectos de la muerte y vivirían para siempre”. Problema: Vivirían para siempre —escuche esto— como pecadores, malos, depravados, caídos. ¿Ve eso? Eso no es bueno. Eso no es bueno. Ya es bastante difícil llegar a sus 40 y 50 y luego a los 60 y se cansa bastante de ello, pero vivir como un pecador impío, miserable, malo para siempre, eso no es una bendición. Dios tiene algo mucho mejor. ¿Sabe usted que tiene? “Solo ve y muere y te levantaré en un nuevo tipo de vida sin pecado, entonces vivirás para siempre”. ¿Mejor? Mucho mejor.

Sabe, la vida eterna como un pecador caído, eso es lo que es el infierno —sin esperanza de liberación de la decadencia, sin esperanza de liberación de la miseria, en una condición donde el gusano nunca muere, el fuego nunca se apaga, donde usted está llorando y gimiendo para siempre y crujiendo los dientes porque nunca hay fin alguno a su impiedad miserable. Y si Adán y Eva hubieran permanecido en el huerto, la tentación de vencer a la muerte al comer habría sido abrumadora, y habrían ido directamente a ese árbol pensando que podrían neutralizar los efectos de la muerte al comer del árbol de la vida, y se habrían condenado a sí mismos a la forma más espantosa de vivir.

Ahora, ellos sabían lo que era la muerte. Sabían lo que era la muerte porque la vieron una vez. ¿Cuándo vieron la muerte? Una vez, cuándo Dios hizo —¿qué? —mató al animal, sangriento, feo, vieron morir ese animal, nunca habrían visto algo así. Y sabían lo que les esperaba en el futuro, y eso los habría impulsado aún más a buscar el árbol de la vida. Oh, habrían hecho cualquier cosa, si hubieran podido vivir para siempre.

Ahora, Dios no quería que hicieran eso, no en esa condición. Habría sido un castigo justo. Sí. Habría sido un castigo justo si Dios hubiera dicho: “Está bien, adelante y senténciate a un infierno de miseria perpetua y eterna”. Pero Él no haría eso. ¿Sabe por qué? Yo creo que no haría eso porque ellos le pertenecían a Él. Es una afirmación de que la expiación de Él había sido aplicada a ellos, aunque Cristo, por supuesto, no había muerto todavía, pero los efectos de la expiación de Cristo se aplicaron a ellos sobre la base de su fe, sobre la evidencia de su fe en las promesas de Dios.

Y ahora pertenecían a Dios. Dios había aplicado el símbolo de Su cobertura en las pieles que Él les hizo. Y aquí hay más evidencia de la regeneración de ellos, más evidencia de la justificación de ellos, más evidencia de la salvación de ellos, Dios les impide ir al infierno. Jamás, Él los impide. “Es mejor que salgas del jardín y nunca toques ese árbol y sigas adelante y mueras, y te levantaré en un nuevo tipo de vida, y de esa manera puedes vivir para siempre pero no en la miseria, sino en la perfección santa”. Eso es mejor. En lugar de la tristeza eterna, puedes experimentar el gozo eterno. ¿Entiende el punto?

Así que el versículo 23: “Por tanto, Jehová Dios lo sacó del huerto del Edén”. Nunca se habrían ido voluntariamente, de cualquier manera. Digo, es el paraíso de la tierra. Y creo otra cosa —escuche este pensamiento: Ellos sabían que el huerto era el lugar de comunión con Dios. Creo que ellos querían comunión con Dios. Creo, sabe, que ese lapso cuando se sumergieron en la incredulidad rebelde y volvieron sus afectos y su confianza hacia Satanás, eso había terminado. Ellos vieron la verdad de Satanás, y ahora estaban preparados para creer en Dios.

Ellos ahora eran de Dios, y se habían arrepentido. Y habían colocado su confianza en Dios, y Dios los había cubierto. Y ellos sabían que Dios era verdadero y Satanás era un mentiroso y un destructor. Y ellos querían tener comunión con Dios y deseaban la presencia de Dios y querían ver la gloria de Dios, y el jardín era el lugar donde siempre habían conocido eso.

Dios dice: “No eres adecuado para mi presencia. Fuera. Acepto tu arrepentimiento, acepto tu fe. Te cubro con mi expiación, pero no eres adecuado para mi presencia. Te voy a proteger del infierno eterno. Voy a asegurarte al sacarte del jardín, porque tú te harías tal daño a ti mismo y porque tú no eres adecuado para la plenitud de mi presencia”. Y, así es con nosotros, ¿verdad? Usted ha creído y se ha arrepentido y la expiación de Jesucristo, el sustituto en lugar de usted proporciona una cobertura que lo envuelve, la justicia cubre su culpa y vergüenza.

Pero, amigos, estamos cubiertos y nos hemos arrepentido y hemos creído, pero no somos adecuados para Su presencia, ¿verdad? No somos adecuados. Digo, sólo una vez al año, en el día de la expiación, después de mucha ceremonia, podría entrar un hombre —el sumo sacerdote— en el lugar santísimo, el tiempo suficiente para entrar, rociar la sangre y salir porque no hay nadie vivo en este mundo, incluso los redimidos, incluso los cubiertos, los justificados, los perdonados que pertenecen al Señor, aquellos que han ejercido fe penitente, no hay nadie que sea adecuado para entrar en Su presencia.

Y así Él dice: “Fuera. No puedes entrar en mi presencia santa y no puedes entrar en mi jardín porque si lo haces, tomarás el árbol de la vida y te condenarás a ti mismo a un infierno de miseria por toda la eternidad”. Esta es una imagen maravillosa de la seguridad. Todavía no estamos listos para Su presencia, pero Él nos impide de ser condenados, ¿entiende usted eso? Todavía no estamos listos para entrar en el lugar santísimo, no podemos entrar a Su presencia tal como somos, pero créame, Él nunca nos dejará caer.

“Y aquel” —Judas 25— “que es poderoso para guardaros sin caída”. Salmo 97:10: “Él preserva las almas de sus santos”. “Grande su fidelidad”, Lamentaciones 3. O si lo prefiere, Romanos 8:31 —hombre, ese es el gran pasaje sobre la seguridad, ¿verdad?— “¿Qué nos separará del amor de Dios que es en Cristo Jesús?” —¿Qué?— “Nada”. Eso es seguridad. Estamos sellados hasta el día de la promesa. Juan, en su Evangelio, capítulo 10, versículos 28 y 29, registra la promesa de Jesús de que todo creyente pertenece a Cristo y está en la mano de Cristo, guardado por Dios, y “nadie puede arrebatarlo de la mano de Él, porque su Padre”, claro, “es más grande que todos”.

Y una de las grandes doctrinas de la Escritura es la doctrina de la seguridad. Digo, véanlo de manera muy simple, amigo. No tenemos lo necesario para salvarnos a nosotros mismos, y ciertamente, no tenemos lo necesario para mantenernos salvos. ¿Entiende eso? La única forma en que usted llegará al cielo es si Dios en su gracia lo salva a usted, y Dios en su gracia lo guarda a usted. Usted abandonaría su fe, caería en el pecado. Usted caería víctima de Satanás si dependiera de usted. Él guarda a los suyos. Juan 17, el ora al Padre, dice: “He guardado a los que me has dado”.

En Juan 6, Él dice: “Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y todo lo que a mí viene lo recibiré, y de todo lo que he recibido” —dice— “no perderé ninguno de ellos, sino que los levantaré en el último día”. Esa es la gran doctrina de la seguridad. Ahí está, justo ahí, justo ahí.

Entonces, ¿qué necesita el pecador? El pecador necesita expiación para satisfacer la justicia divina y cubrir su pecado, y el pecador necesita seguridad. No solo tenemos que tener alguien que haya pagado el precio de nuestro pecado, sino que también tenemos que tener alguien que nos mantenga alejados de lo que de otra manera nos destruiría, porque en nosotros mismos somos completamente incapaces de protegernos a nosotros mismos.

Sabe, la imagen de Adán y Eva en el jardín en perfección y no podían protegerse a sí mismos. Allí estaban, inocentes, sin pecado, y no podían permanecer de esa manera. ¿Cómo podríamos nosotros, que somos salvos y estamos cubiertos y pecadores, esperar protegernos a nosotros mismos de una caída, si no fuera porque somos sostenidos por el poder de Dios?

Hay un último elemento esencial en el evangelio que es dado aquí. Creo que esto es simplemente una gran verdad. Por nuestra parte, la salvación requiere fe, que es una fe arrepentida y esperanza. Esperanza. La salvación requiere esperanza. Vea de nuevo el versículo 23. Él los saca del jardín para cultivar la tierra de la que fueron tomados, o de la que él fue tomado, para cultivar la tierra.

Esto es un eco de allá atrás, en el versículo 19, cuando Él le dijo al hombre: “vas a salir y vas a trabajar en la tierra” —versículo 17— “todos días de tu vida vas a tener que trabajar duro para conseguir tu comida y luchar contra espinas y cardos, y vas a trabajar” —versículo 19— “con el sudor de tu rostro vas a comer pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ahí fuiste tomado, polvo eres y al polvo volverás”.

Así que él dice: “Lo siento, se acabó el paraíso. Vas a salir de aquí por tu propio bien, porque tengo que asegurarte, manteniéndote alejado de lo que te condenaría”. Y el Señor lo hará. Nos protege de los que nos destruiría. Así es como nos asegura. Y también arroja al hombre a una vida muy difícil. Él tiene que trabajar en una tierra maldita. Y también podríamos incluir aquí a la mujer, cuyo dolor en el parto es incrementado enormemente. Hablamos de todo lo que las mujeres sufren en el mundo, junto con todo lo que los hombres sufren.

Las mujeres sufriendo en todo el proceso de concepción y parto y crianza de los hijos y los hombres sufren en todo el proceso de tratar de proveer un sustento y mantener la vida de sus familias. Así que los echa, y dice: “Lo siento, vas a tener que vivir en tristeza, vas a tener tristeza en el parto, vas a tener tristeza al trabajar la tierra. Vas a tener enfermedades. Vas a tener que sufrir. Vas a sudar y al final simplemente vas a morir y regresar a ser un montón de tierra. Vas a tener que vivir tu vida entera sintiendo el peso del pecado, tu vida entera soportando este dolor y tristeza y sufrimiento”.

Y, por cierto, dice usted: “Sí, es difícil —es difícil”. Bueno, vas a vivir 60, 70 años, Adán vivió 930, 930. Digo, cuando él tenía 360 años era un adolescente, estaba en la cúspide de su energía. Cuando tenía 700 todavía estaba realmente en marcha, trabajando. ¿Cómo le gustaría trabajar a usted? Tal vez se retiró a los 918, quién sabe. Digo, eso es mucho sudor y mucho trabajo porque si vives tanto tiempo, simplemente tienes que comer durante todo ese tiempo y todos a tu alrededor tienen que comer durante tanto tiempo.

Y puedes tener muchos bebés en 930 años que también tienen que comer. ¿Y saben qué? Ellos tienen bebés en 930 años. Hablas de ser abuelo, ¿qué tal ser un tatara-tarara-tatara-tatara-tatara-abuelo? Y cuando tienes una reunión familiar, digo, esto es algo doloroso para este hombre. Digo, las consecuencias del pecado son mitigadas por una vida corta, ¿no es así? No sé usted, pero yo no querría vivir 930 años en este mundo.

Dice usted: “Piensa en todo el gozo”, piensa en toda la tristeza. Piensa en todo —digo, es suficiente tener unos pocos hijos e intentar lidiar con eso y todos los problemas de ellos y luego ellos tienen hijos y sus problemas. Y en un mundo como ese mundo, antes de todas las cosas que tenemos hoy, es inimaginable cómo acumularía usted sufrimiento y tristeza por no decir nada de la presión que usted enfrentaría económicamente. Nos voltea de cabeza. Más bien, inconcebible. No puede imaginar cómo debe haber sido cuando Adán tenía unos 600 años, la gente empezó a acudir a él por unos cuantos dólares. Esto es terrible.

Digo, él probablemente estaba dispuesto a morir en cualquier punto a lo largo del camino. Pera cuando llegó a los 600, habría hecho cualquier cosa para volver allí y llegar a ese árbol de la vida si pensaba que podría mitigar el sufrimiento. Por eso Dios no le permitió hacerlo, porque todo lo que haría sería perpetuar su tristeza y su pecaminosidad. Y así él tuvo que esperar a morir. Y la muerte estaba muy, muy lejos. Y así él estaba sufriendo y sufriendo a través de todos estos elementos de la vida.

Y, ¿adivine qué surgiría en su corazón? Una gran actitud: Esperanza, ¿verdad? Esperanza. “¡Oh, Señor! ¿Cuándo terminará esto? ¿Cuándo terminará la tristeza? ¿Cuándo terminará el sufrimiento? ¿Cuándo se restaurará el paraíso? He visto los efectos del pecado en mi vida y he visto los efectos del pecado en la vida de Eva y he visto los efectos del pecado en la vida de nuestros hijos. He visto a mi hijo matar a su hermano, y he visto a réprobos entrar en este mundo en sucesión rápida a lo largo de todos estos cientos de años. ¿Cuándo, Señor? ¿Cuándo termina esto?”

La recuperación del paraíso se convirtió entonces en una esperanza para él como lo es para nosotros. La Biblia dice que somos salvos en esperanza. No tenemos todavía lo que se nos ha prometido, ¿verdad? No se han eliminado todos mis problemas, tampoco los de usted, pero tenemos esperanza. Vivimos con esperanza.

A veces la gente en el mundo nos ve y dice: “Ustedes deben estar locos, hacen todos estos sacrificios, siguen a Jesús, dicen no a esto y no a aquello y no al otro. Y todas las cosas que nos gusta hacer, que son divertidas y demás, ustedes no las hacen. Y hacen esto por algo en el futuro. Hacen algo que está mucho más adelante. Luego cuando se enferman y les pasa algo a sus hijos y alguien muere o les dan cáncer o enfermedades cardíacas”, dicen, “es ridículo, ¿dónde está Dios? ¿Cómo pueden vivir así?”.

Bueno, vivimos así porque creemos en la Palabra de Dios, ¿verdad? Y así lo hizo Adán. ¿Saben? Cuanto peor se pone, usted espera más. Puedo imaginar que para cuando tenía más de 800 años su esperanza era muy fuerte. “Señor, por favor, por favor, he visto suficiente asesinato, he visto suficiente rebelión, he visto suficiente iniquidad. Lo he visto. Lo he visto, he visto suficientes problemas. Señor, por favor”.

Y sabemos que el mundo se estaba volviendo más y más malo, ¿verdad? Porque para cuando llega Génesis 6, ¿qué tiene que hacer Dios? Ahogar a todo el mundo. Y él estaba viendo esto y eso inspiraba esperanza en su corazón, esperanza en su corazón.

Yo creo que eso es lo que Dios quería y por eso el versículo 24 dice que sacó al hombre. “Al este del jardín del Edén, Él puso a los querubines y la espada llameante que daba vueltas para guardar el camino del árbol de la vida”. Por el tiempo que ese jardín permaneció, la tentación habría sido más y más grande en la mente del hombre de regresar allí e intentar de alguna manera revertir el poder de la muerte al comer del árbol de la vida. Ese habría sido un acto insensato si lo hiciera, lo hice porque todo lo que habría hecho, como dije, era hacerlo permanentemente impío. Así que el Señor colocó querubines allí.

Dondequiera que usted ve querubines —esta es la primera vez que se mencionan ángeles en la Biblia, muchas primeras en esta sección. La primera vez que se mencionan los ángeles. Pero. donde quiera que vea querubines, siempre están asociados con el trono de Dios, siempre están alrededor del trono de Dios. Ezequiel 1, Ezequiel 10, 2 Samuel 6: “Jehová de los ejércitos, habita entre los querubines”. Por eso se pusieron los querubines en el arca del pacto, un símbolo de su presencia. Así que, ellos son los ángeles que protegen la presencia de Dios, protegen la gloria de Dios, el trono de Dios.

Y todo lo que Adán podía hacer era esperar el día en que él pudiera ir al trono de Dios, cuando pudiera regresar a la presencia de Dios, cuando él pudiera regresar al paraíso y tener comunión con Dios como una vez lo hizo. Segunda de Reyes 19:15, dice: “Jehová, Dios de Israel, habita entre los querubines”. Él quería regresar a la presencia de Dios y esperaba, y esperaba, y esperaba. ¿Cuándo llegaría ese día? ¿Cuándo podremos entrar en la presencia de Dios? Los ángeles, estos ángeles querubines están guardando, están protegiendo ese lugar santísimo, están protegiendo ese lugar de la presencia de Dios, ese lugar al que Adán y Eva querrían tanto ir.

No podían ir allí. Tenían que sudar, y sufrir, y luchar, y vivir con la esperanza de que algún día, no podían hacerlo en su condición actual, pero algún día ellos podrían entrar de nuevo en la presencia de Dios.

Era una protección doble, bastante interesante. En el versículo 24. La espada flameante también estaba allí, girando en toda dirección. En otras palabras, no importa a dónde fuera usted, la espada flameante estaba allí. No había absolutamente ningún acceso a la presencia personal de Dios. Usted no puede entrar en Su presencia, en la plenitud de Su presencia. Oh, claro, Su espíritu está allí, veremos eso más adelante, y Dios está apareciendo de vez en cuando al hombre. Vemos eso en la primera parte del Antiguo Testamento, así como más adelante, en última instancia en Cristo.

Pero usted no puede entrar en Su presencia, porque en este caso, regresando al jardín, al final del versículo 24, significaría que irían directamente al árbol de la vida, y eso los destruiría para siempre. Él simplemente los protege, esto es seguridad, y los hace vivir en esperanza. Aunque eran creyentes, aunque ellos se habían arrepentido, aunque ellos se habían sido perdonados, aunque ellos se habían sido cubiertos, todavía estaban sentenciados a vivir una vida de sufrimiento y dolor y muerte, así que tenían que vivir en esperanza.

Así es como vivimos, ¿verdad? Esperamos el cielo, esperamos la plenitud de la presencia de Dios. Dios los envió y dijo: “Quiero que sientan la maldición, quiero que ustedes sientan el golpe del pecado, y quiero que los sientan con tanta fuerza que comiencen a anhelar profundamente el cielo”.

El comentarista hebreo Kelly Delitzsch dice: “El hombre debe labrar la tierra en la que, después de un corto lapso, él se pudrirá en el suelo que voltea con su pala. Él tiene ante sus ojos su origen y su futuro. Morirás, sufrirás y morirás. Pero ese sufrimiento y esa muerte, que lo liberarán para entrar en la presencia de Dios, se convierten en la fuente de su esperanza”.

¿Por qué Dios quiere que vivamos en esperanza? Porque, 1 Juan 3:3 dice: “La esperanza purifica. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, así como él es puro”. Esta esperanza purificadora es nuestra ancla. En las palabras de Hebreos 6:19: “Esta esperanza es un ancla para el alma”.

Ya sabes, espero con ansias el cielo, ¿no es así? Cuanto más tiempo está en esta vida y cuando más sufre y más anhela usted una vida tranquila, en paz y gozosa, más deseará usted la comunión con Dios, ininterrumpida, santa y perfecta. Mientras más vive usted y desee eso, más atractivo se vuelve el cielo para usted. Usted puede decir con el salmista en el Salmo 39:7: “Mi esperanza está en ti”. Romanos 4 dice acerca de Abraham, que él esperaba. Él esperaba. “Bienaventurado aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Señor su Dios”, dice el Salmo 146:5.

Así que aquí lo tiene usted al final de este capítulo, la mezcla esencial de los elementos de la salvación. Desde el lado del hombre, la fe es el punto de entrada y la esperanza lo sostiene a él. Desde el lado de Dios, la expiación es el punto de entrada y la seguridad lo sostiene a él. Creemos y esperamos y Dios expía y Dios nos asegura. Y así el capítulo más trágico en toda la Escritura termina con una introducción gloriosa a las buenas nuevas de la salvación.

Pecadores, Dios ha provisto expiación. Él cubrirá el pecado de usted y lo mantendrá seguro usted hasta que usted alcance la gloria eterna. Está disponible para usted que cree y persevera en la esperanza. Eso es lo que Adán tuvo que hacer por mucho tiempo y luego un día la esperanza se convirtió en realidad. Él dejó esa carne humana y entró con un espíritu regenerado perfecto en la presencia del Creador, y Eva lo mismo, donde les esperaba, la comunión que ellos tanto habían anhelado y el fin de todo pecado. Y así es también para nosotros.

Padre, este capítulo es monumental. De tantas maneras, nos gustaría tener tiempo para adentrarnos aún más en sus profundidades. Pero qué gloriosa, gloriosa manera de decirnos cómo eres. Al ver con qué rapidez actuaste en gracia hacia pecadores malditos. ¡Oh, qué Salvador es el mío! Somos completamente indignos de tanta misericordia y gracia como la que se nos ha otorgado desde Adán y Eva y en adelante.

No somos mejores que ellos. Estamos bajo la misma maldición. Pero para nosotros se ha provisto la expiación y la seguridad. Y a nosotros se nos ha concedido, como ellos, la fe y la esperanza que se aferra a esa expiación. Fe para la expiación y esperanza perseverante junto a Tú poder para asegurarnos. Y en esto encontramos nuestra salvación y te agradecemos y te alabamos. Amén.

Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org 
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