El posmodernismo es, en su esencia más profunda, un ataque contra toda verdad. Y el evangelio de Jesucristo —quien es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6, énfasis añadido)— es un claro enemigo de esa agenda. No es de extrañar que los posmodernistas se hayan mostrado tan decididos en las últimas décadas a infiltrarse en la Iglesia de Cristo y a derrocar Su mensaje exclusivo y Sus afirmaciones de verdad absoluta.
Pero esta no es, ni mucho menos, la primera vez que la guerra por la verdad se ha llevado a cabo en la Iglesia. Ha ocurrido en todas las épocas importantes de la historia de la Iglesia. Las batallas por la verdad ya se libraban con furia dentro de la comunidad cristiana incluso en tiempos apostólicos, cuando la Iglesia apenas daba sus primeros pasos. De hecho, el relato de las Escrituras indica que los falsos maestros en la Iglesia se convirtieron inmediatamente en un problema significativo y frecuente a donde llegaba el evangelio.
Prácticamente, todas las epístolas principales del Nuevo Testamento abordan el problema de una forma u otra. El apóstol Pablo se encontraba constantemente en lucha contra las mentiras de los “falsos apóstoles [y] obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (2 Co. 11:13). Pablo dijo que eso era de esperar. Al fin y al cabo, es una de las estrategias favoritas del maligno: “Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia” (2 Co. 11:14–15).
Hay que ser deliberadamente ingenuo para negar que algo así pueda suceder en nuestra época. De hecho, está ocurriendo a gran escala. Ahora no es un buen momento para que los cristianos coqueteen con el espíritu de la época. No podemos permitirnos ser apáticos ante la verdad que Dios nos ha confiado. Es nuestro deber custodiar, proclamar y transmitir esa verdad a la próxima generación (1 Ti. 6:20–21). Nosotros, que amamos a Cristo y creemos en la verdad encarnada en Su enseñanza, debemos despertar a la realidad de la batalla que se libra a nuestro alrededor. Debemos aportar nuestro granito de arena en esta guerra por la verdad que se ha librado a lo largo de los siglos. Tenemos la obligación de unirnos a la batalla y luchar por la fe.
En un sentido muy concreto, la idea detrás del movimiento de la Iglesia Emergente era correcta: el escenario actual del posmodernismo sí representa una maravillosa oportunidad para la Iglesia de Jesucristo. El racionalismo arrogante que dominó la era moderna ya se encuentra en sus últimas. La mayor parte del mundo está sumida en la desilusión y la confusión. La gente se siente insegura respecto a prácticamente todo y no sabe a dónde acudir en busca de la verdad.
Sin embargo, la peor estrategia posible para proclamar el evangelio en un entorno como este es que los cristianos imiten la incertidumbre o se hagan eco del cinismo de la perspectiva posmoderna —y, en efecto, arrastren a la Biblia y al evangelio a ese contexto—. En cambio, Debemos afirmar que Dios ha hablado con la máxima claridad y autoridad a través de Su Hijo (He. 1:1–2). Y contamos con el testimonio infalible de ese mensaje en las Escrituras (2 P. 1:19–21).
El posmodernismo no es más que la última expresión de la incredulidad mundana. Su valor fundamental —una ambivalencia dudosa hacia la verdad— no es más que escepticismo destilado hasta su esencia más pura. No hay nada virtuoso ni genuinamente humilde en ello. Es una rebelión orgullosa contra la revelación divina.
De hecho, la vacilación del posmodernismo respecto a la verdad es exactamente lo contrario de la confianza audaz que, según las Escrituras, es el derecho de nacimiento de todo creyente (Ef. 3:12). Esa seguridad la forja el propio Espíritu de Dios en quienes creen (1 Ts. 1:5). Debemos aprovechar al máximo esa seguridad y no temer enfrentarnos al mundo con ella.
El mensaje del evangelio, en todos sus aspectos, es una proclamación clara, definitiva, segura y autoritaria de que Jesús es el Señor, y de que Él da vida eterna y abundante a todos los que creen. Nosotros, que conocemos verdaderamente a Cristo y hemos recibido ese don de la vida eterna, también hemos recibido de Él un encargo claro y definitivo de transmitir el mensaje del evangelio con valentía como Sus embajadores. Si no somos claros y precisos en nuestra proclamación del mensaje, no estamos siendo buenos embajadores.
Pero no somos meros embajadores. Somos, al mismo tiempo, soldados, encargados de librar la batalla en defensa y difusión de la verdad frente a los innumerables ataques contra ella. Somos embajadores, con un mensaje de buenas noticias para quienes caminan en tierra de tinieblas y habitan en la tierra de la sombra de la muerte (Is. 9:2). Y somos soldados, encargados de derribar fortalezas ideológicas y de desmontar las mentiras y el engaño engendrados por las fuerzas del mal (2 Co. 10:3–5; 2 Ti. 2:3–4).
Observe atentamente: nuestra tarea como embajadores es llevar buenas nuevas a las personas. Nuestra misión como soldados es derribar las ideas falsas.
Debemos tener claros esos objetivos; no tenemos derecho a librar una guerra contra las personas ni a entablar relaciones diplomáticas con ideas anticristianas. Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre (Ef. 6:12); y nuestro deber como embajadores no nos permite transigir ni alinearnos con ningún tipo de filosofía humana, engaño religioso o cualquier otro tipo de falsedad (Col. 2:8).
Si estas tareas parecen difíciles de equilibrar y de mantener en la perspectiva adecuada, es porque lo son.
Judas sin duda lo entendió. El Espíritu Santo le inspiró a escribir su breve epístola a personas que luchaban precisamente con algunas de estas mismas cuestiones. No obstante, les instó a contender fervientemente por la fe contra toda falsedad, al tiempo que hacían todo lo posible por librar a las almas de la destrucción: “Arrebatándolas del fuego… aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne” (Jud. 23).
Así pues, somos embajadores-soldados, que nos acercamos a los pecadores con la verdad mientras hacemos todo lo posible por destruir las mentiras y otras formas de maldad que los mantienen en una esclavitud mortal. Ese es un resumen perfecto del deber de todo cristiano en la guerra por la verdad.

(Adaptado de Verdad en guerra)