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La verdad no tiene sentido separada de Dios.
La verdad no puede ser explicada, reconocida, comprendida ni definida adecuadamente sin Dios como fuente. Puesto que solo Él es eterno y existe por Sí mismo, y solo Él es el creador de todo lo demás, Él es la fuente de toda verdad.
Si usted no cree eso, intente definir la verdad sin hacer referencia a Dios y compruebe lo rápido que fracasan todas esas definiciones. En el momento en que empiece a reflexionar sobre la esencia de la verdad, se encontrará cara a cara con la necesidad de un absoluto universal: la realidad eterna de Dios. Por el contrario, todo el concepto de la verdad se convierte al instante en un sinsentido tan pronto como intente eliminar de su mente la idea de Dios.
Así es, precisamente, como el apóstol Pablo describió el imparable declive de las ideas humanas en Romanos 1:21–22: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios”.
También hay graves implicaciones morales cada vez que alguien intenta disociar la verdad del conocimiento de Dios. Pablo continuó escribiendo: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Ro. 1:28). Si se abandona la definición bíblica de la verdad, la injusticia es el resultado inevitable. Lo vemos suceder ante nuestros ojos en todos los rincones de la sociedad contemporánea. De hecho, la aceptación generalizada de la homosexualidad, la rebelión y todas las formas de iniquidad que observamos hoy en nuestra sociedad es un cumplimiento literal de lo que dice Romanos 1, que siempre ocurre cuando una sociedad niega y suprime la conexión esencial entre Dios y la verdad.
Si usted reflexiona sobre el tema con un mínimo de seriedad, pronto se dará cuenta de que ni siquiera las distinciones morales más fundamentales —el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, el honor y la deshonra— pueden tener un significado verdadero o constante al margen de Dios. Esto se debe a que la verdad y el conocimiento, en sí mismos, simplemente carecen de un significado coherente alejado de una fuente fija, es decir, Dios. ¿Cómo podrían tenerlo? Dios encarna la definición misma de la verdad. Cualquier afirmación de verdad separada de Él es absurda.
De hecho, los filósofos humanos llevan miles de años tratando de explicar la verdad y dar cuenta del conocimiento humano independientemente de Dios, y todos los que lo han intentado han fracasado en última instancia. Esto ha dado lugar a un cambio inquietante en el mundo del pensamiento secular en los últimos años.
He aquí un breve resumen de cómo se produjo ese cambio: los filósofos de la Antigua Grecia simplemente daban por sentada la validez de la verdad y del conocimiento humano sin intentar explicar cómo sabemos lo que sabemos. Pero unos quinientos años antes de Cristo, Sócrates, Platón y Aristóteles comenzaron a plantearse los problemas de cómo definir el conocimiento, cómo descubrir si una creencia es verdadera y cómo determinar si realmente estamos justificados para creer algo. Durante unos dos mil años, casi todos los filósofos dieron por sentado, en mayor o menor medida, que el conocimiento se transmite de algún modo a través de la naturaleza, y propusieron una serie de explicaciones naturalistas que intentaban describir cómo la verdad y el conocimiento pueden comunicarse a la mente humana.
Luego, a mediados del siglo XVII, en los inicios de la llamada Ilustración, filósofos como René Descartes y John Locke comenzaron a abordar con gran seriedad la cuestión de cómo adquirimos el conocimiento. Esa rama de la filosofía pasó a denominarse epistemología: el estudio del conocimiento y de cómo la mente humana capta la verdad.
Descartes era un racionalista que creía que la verdad se conoce mediante la razón, partiendo de unas pocas verdades fundamentales y evidentes por sí mismas, y utilizando deducciones lógicas para construir estructuras de conocimiento más sofisticadas sobre esa base. Locke, por el contrario, sostenía que la mente humana parte de una pizarra en blanco y adquiere el conocimiento exclusivamente a través de los sentidos. (La teoría de Locke se conoce como empirismo.) Immanuel Kant demostró que ni la lógica por sí sola ni la experiencia por sí sola (por lo tanto, ni el racionalismo ni el empirismo) podían dar cuenta de todo el conocimiento humano, y elaboró una teoría que combinaba elementos del racionalismo y del empirismo. G. W. F. Hegel argumentó, a su vez, que incluso la teoría de Kant era insuficiente, y propuso una teoría más fluida de la verdad, negando que la realidad fuera una constante. En cambio, afirmó que lo que es verdadero evoluciona y cambia con el paso del tiempo. Las ideas de Hegel abrieron la puerta a diversos tipos de irracionalismo, representados por sistemas de pensamiento “modernos” que abarcan desde las filosofías de Kierkegaard, Nietzsche y Marx hasta el pragmatismo de Henry James.
Así, se han propuesto epistemologías elaboradas que han sido desmontadas metódicamente una tras otra —como una larga cadena en la que cada eslabón anterior se rompe—. Tras miles de años, los mejores filósofos de la humanidad han fracasado rotundamente a la hora de dar cuenta de la verdad y del origen del conocimiento humano separados de Dios.
De hecho, la lección más valiosa que la humanidad debería haber aprendido de la filosofía es que resulta imposible dar sentido a la verdad sin reconocer a Dios como punto de partida necesario.
El abandono de la búsqueda de la verdad
En tiempos más recientes, los intelectuales no creyentes han admitido que la cadena se ha roto y han decidido que el culpable es lo absurdo de cualquier búsqueda de la verdad. En efecto, han renunciado a esa búsqueda por considerarla algo totalmente inútil. El mundo de las ideas humanas se encuentra, por tanto, actualmente en un grave estado de cambio. En casi todos los niveles de la sociedad, estamos presenciando un cambio de paradigma profundamente radical: una revisión total de la forma en que la gente piensa sobre la verdad misma.
Lamentablemente, en lugar de reconocer lo que la verdad exige y ceder a la necesidad de creer en el Dios de la verdad, el pensamiento occidental contemporáneo ha ideado formas de eliminar por completo de la filosofía humana cualquier noción coherente de la verdad. El concepto de verdad está, por tanto, siendo objeto de fuertes ataques en la comunidad filosófica, el mundo académico y el ámbito de la religión secular. La forma en que la gente concibe la verdad está siendo totalmente renovada y el vocabulario del conocimiento humano, completamente redefinido. El objetivo final, claramente, es llevar al olvido toda noción de verdad.
El objetivo de la filosofía humana solía ser la verdad sin Dios. Las filosofías actuales están abiertas a la noción de un Dios sin verdad —o, para ser más precisos, a una “espiritualidad” personal en la que cada uno es libre de crear su propio dios—. Los dioses personales no suponen ninguna amenaza para la obstinación pecaminosa, ya que, de todos modos, se adaptan a las preferencias personales de cada pecador y no imponen exigencias a nadie más.
Este hecho subraya la verdadera razón de toda renuncia a la verdad: “Los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19). Aquí el Señor Jesús dice que las personas rechazan la verdad (la luz) por razones que son fundamentalmente morales, no intelectuales. La verdad es clara, demasiado clara. Revela y condena el pecado. Por lo tanto, “todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Jn. 3:20). Los pecadores aman su pecado, por eso huyen de la luz, negando incluso que exista.
Por supuesto, la guerra contra la verdad no es nada nuevo. Comenzó en el jardín cuando la serpiente le dijo a la mujer: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1). Desde entonces se ha librado una batalla implacable: entre la verdad y la falsedad, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, la certeza y la duda, la fe y el escepticismo, la justicia y el pecado. Se trata de un conflicto espiritual salvaje que abarca, literalmente, toda la historia de la humanidad. Pero la ferocidad y la irracionalidad de esta embestida actual parecen no tener precedentes.
Las ramificaciones de largo alcance del reciente cambio de paradigma ya son evidentes. A lo largo de la última generación —y especialmente en las últimas tres décadas— hemos sido testigos de cambios convulsivos en los valores morales, la filosofía, la religión y las artes de la sociedad. La convulsión ha sido tan profunda que la generación de nuestros abuelos (y prácticamente todas las generaciones anteriores de la historia de la humanidad) difícilmente habría imaginado que el panorama pudiera cambiar tan rápidamente. Casi todo aspecto del discurso humano ha sido afectado. La devoción tradicional y nominal por los ideales y las normas morales derivadas de la Escritura está desapareciendo con la generación de más edad.
Muchos creen que el cambio de paradigma marca el fin de la era moderna y el amanecer de una nueva era posmoderna: la próxima gran época en el desarrollo del pensamiento humano. En el próximo blog, analizaremos el modernismo, su fallido ocaso y cómo el posmodernismo llenó ese vacío con errores aún mayores en la búsqueda de la verdad.
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(Adaptado de Verdad en guerra)
