Es importante tener las prioridades adecuadas, sobre todo como pastor. Las distracciones ponen en peligro a su rebaño, y un pastor que solo está presente parte del tiempo no puede cuidar ni proteger adecuadamente a sus ovejas.
A los pastores y líderes de la iglesia se les ha encomendado un único deber: la formación espiritual y la protección del pueblo de Dios. Las vidas que están bajo nuestro cuidado deben ser nuestra principal prioridad. Es similar al papel de los padres (1 Ts. 2:7–12) con respecto a las vidas que el Señor nos ha confiado.
Y es fácil identificar a un pastor que ha perdido de vista esa prioridad. Es aquel que siempre está de gira, vendiendo su último libro, hablando en las conferencias más importantes y aprovechando cada oportunidad para darse a conocer y aumentar su influencia. A menudo parece que su ministerio semanal desde el púlpito es una distracción de todo lo demás que preferiría hacer.
Un pastor excelente no mostrará ese tipo de actitud. Su primera prioridad es la edificación de su pueblo.
El bienestar espiritual de las vidas a su cargo era la preocupación principal del apóstol Pablo; lo dejó claro en 2 Corintios. En lugar de velar por su propia reputación frente a las acusaciones de los falsos apóstoles, Pablo escribió su defensa en beneficio de los creyentes de Corinto. “¿Pensáis aún que nos disculpamos con vosotros? Delante de Dios en Cristo hablamos; y todo, muy amados, para vuestra edificación” (2 Co. 12:19).
El objetivo de Pablo en todo lo que hizo respecto a la iglesia de Corinto, tanto al ministrarles como al defenderse, era la edificación de ellos. Ese era también el objetivo del Señor Jesucristo, quien prometió: “Yo edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18).
La pregunta surge naturalmente, dado que Dios era el Juez de Pablo (como comentamos la última vez): ¿por qué se tomó la molestia de defenderse? Lo hizo porque, si se le desacreditaba, los corintios no le escucharían; y, si no le escuchaban, no oirían la verdad de la Palabra de Dios que él enseñaba. Y si no oían la Palabra de Dios, no podrían crecer espiritualmente.
Pablo sufrió la angustia y la humillación de tener que defenderse a sí mismo por el bien de los hombres y mujeres de quienes se estaba defendiendo. Su prioridad no era proteger su propia reputación, sino asegurarse de que el pueblo de Dios no se apartara inadvertidamente de Su Palabra. Luchó contra las mentiras de los falsos apóstoles para asegurarse de que los creyentes de Corinto tuvieran acceso a la verdad de Dios, y para que la verdad actuara en sus vidas.
Recuerden que había un número limitado de maestros en la iglesia del Nuevo Testamento, y el Señor aún revelaba Su verdad a través de los escritos inspirados de los apóstoles. Romper la relación entre Pablo y la iglesia de Corinto los habría separado de la verdad de las Escrituras y los habría entregado a las mentiras y a la corrupción de los falsos apóstoles.
Pablo necesitaba convencer a los corintios de que él era el verdadero portavoz de Dios, no para que juzgaran su vida, sino para que escucharan su enseñanza. Ellos no eran sus jueces; eran su responsabilidad espiritual, y no podía permitir que sufrieran las consecuencias de su propia ingenuidad.
Él podría haber reaccionado de manera muy diferente; podría haber reprendido airadamente a los corintios por su deslealtad. Pero eso habría sido un abuso de su autoridad, de la que había dicho anteriormente: “El Señor nos dio para edificación y no para vuestra destrucción” (2 Co 10:8). De hecho, se defendió con tanta firmeza para que, cuando volviera a visitar Corinto, no tuviera que ser severo con ellos (2 Co. 13:10).
Los pastores de hoy pueden y deben aprender mucho de cómo reaccionó Pablo ante la presión y la oposición. En lugar de arremeter a la defensiva, priorizó las necesidades espirituales de las personas a su cargo por encima de su propia reputación y felicidad. Debemos prestar mucha atención al corazón de este excelente pastor y reflejar en nuestros propios ministerios su énfasis en la fidelidad, la abnegación, la integridad, la reverencia y la edificación.

(Adaptado de 1 y 2 Corintios: Comentario MacArthur del Nuevo Testamento)