Hemos estado reflexionando sobre cinco principios bíblicos que deben moldear la manera en que el creyente piensa acerca del gobierno y del activismo político. Hasta ahora, hemos visto que nuestra comisión es el evangelio, que nuestra confianza descansa en Dios y que nuestro llamado es someternos a las autoridades. Ahora dirigiremos nuestra atención al cuarto principio: el llamado de Dios a orar por quienes ejercen autoridad.
Además de someternos a las leyes de nuestro país, Dios nos ordena orar por quienes ejercen autoridad sobre nosotros, incluso por aquellos a quienes podríamos considerar nuestros “oponentes” políticos. Fue durante el reinado de Nerón que el apóstol Pablo exhortó a Timoteo, diciendo: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia” (1 Ti. 2:1–2). Resulta notable que Pablo alabara la oración por el mismo emperador que, años más tarde, autorizaría su ejecución. Sin embargo, esa fue precisamente la instrucción que dio a Timoteo.
A continuación, Pablo presenta dos propósitos fundamentales de la oración del creyente por las autoridades civiles. En primer lugar, debemos orar por quienes gobiernan “para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (v. 2). La oración transforma nuestra perspectiva hacia las autoridades, reemplazando la ira, el resentimiento y la resistencia por una actitud de paz y confianza en la soberanía de Dios. En lugar de reaccionar impulsivamente o fomentar un espíritu de rebeldía, somos llamados a vivir vidas tranquilas, piadosas y dignas. Por eso Pablo también escribió a Tito: “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres” (Tit. 3:1–2). Cuando nuestros gobernantes tomen decisiones con las que no estemos de acuerdo, nuestra primera respuesta debe ser la oración, no la protesta.
En segundo lugar, debemos orar por la salvación de quienes ocupan cargos de autoridad. Refiriéndose a estas oraciones, Pablo escribió:
“Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo... Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (1 Ti. 2:3–6, 8).
Orar por la salvación de nuestros líderes agrada a Dios porque está en armonía con Su carácter misericordioso y con Su propósito redentor revelado en Cristo. Cuando intercedemos por nuestra nación, nuestras oraciones no deben limitarse a pedir sabiduría para las decisiones políticas o soluciones a los problemas temporales. También debemos suplicar que quienes ejercen autoridad lleguen al conocimiento de la verdad y sean salvos por la gracia de Dios mediante la fe en Jesucristo.
Finalmente, hay un detalle significativo en la exhortación de Pablo. Él no solo menciona “rogativas, oraciones y peticiones”, sino también “acciones de gracias” (1 Ti. 2:1). En una época en la que gozamos de libertad para expresar nuestras opiniones, resulta muy fácil criticar constantemente al gobierno, a los funcionarios públicos, a los jueces, a los policías o a cualquier autoridad. Sin embargo, la actitud que Pablo demanda no es la amargura ni el resentimiento, sino la gratitud. Debemos recordar que toda autoridad ha sido establecida por Dios (Ro. 13:1). Por ello, una actitud caracterizada por la queja constante revela, en última instancia, una falta de confianza en la soberanía de Dios, quien gobierna sobre quienes gobiernan.

(Adaptado de El pastor en la cultura actual)