“Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3). Esa es una visión sencilla pero eficaz de la naturaleza de la soberanía de Dios. Una y otra vez, las Escrituras exaltan la soberanía de Dios sobre cada aspecto de Su creación. “Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6). El apóstol Pablo explica que Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Y en 1 Corintios, Pablo exalta igualmente a Dios como el único soberano: “Solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Co. 8:6).
El punto es inequívocamente claro: Dios reina como el Creador y sustentador soberano del universo, y “de él, y por él, y para él, son todas las cosas” (Ro. 11:36).
Pero cada vez que se aborda la doctrina de la soberanía de Dios, surge una pregunta inevitable. Es una pregunta muy importante, que trata de un aspecto específico de la soberanía de Dios y de cómo se relaciona con Su gracia en la elección. De hecho, probablemente sea la pregunta más presente en la mente de quienes están en proceso de abrazar las doctrinas de la gracia.
La pregunta es: ¿Acaso la doctrina de la soberanía de Dios elimina cualquier papel de la voluntad humana? ¿Sugiere esta doctrina que somos meramente robots?
Algunos ven una contradicción insuperable entre la soberanía divina y la responsabilidad humana. Afirman que la voluntad humana no es verdaderamente libre en ningún sentido significativo si puede ser anulada por un decreto divino irresistible. Tanto los arminianos como los hipercalvinistas han afirmado que esa es la conclusión lógica que debemos extraer de la doctrina de la soberanía divina. Pero ese razonamiento da lugar a una caricatura sesgada de la gracia de Dios a través de la elección, una que pinta al Señor como un tirano distante y discriminatorio y a los humanos como poco más que autómatas que funcionan sin voluntad propia.
La verdad, sin embargo, es que Dios ejerce Su plena soberanía sin recurrir a la fuerza ni a la coacción de ninguna manera que anule la voluntad humana. La Confesión de Fe Bautista de 1689 lo expresa así:
Dios ha decretado en Sí mismo todas las cosas, todo lo que sucede, por el consejo sapientísimo y santísimo de Su propia voluntad, de manera libre e inmutable. No obstante, Dios lo hizo de tal manera que ni es el autor del pecado ni tiene comunión con nadie en su pecado; tampoco ejerce violencia sobre la voluntad de la criatura, ni tampoco elimina la libertad o contingencia de las causas secundarias, sino que, más bien, las establece; en esto se deja ver Su sabiduría para dirigir todas las cosas, Su poder y Su fidelidad para llevar a cabo Su decreto.[1]
Tenemos total libertad para tomar decisiones de acuerdo con nuestra propia naturaleza y preferencias. Pero ahí está el problema. No tenemos la fuerza de voluntad suficiente para cambiar nuestra naturaleza (Jer. 13:23). Nuestra propia naturaleza y preferencias garantizan que tomaremos decisiones pecaminosas. Nuestro Dios soberano nunca nos obliga a tomar las decisiones equivocadas que tomamos. Por lo tanto, la soberanía de Dios no anula nuestra propia responsabilidad personal por las cosas pecaminosas que hacemos.
Aun así, la relación entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana no es evidente a primera vista, y a simple vista parece paradójica. Pero, en los próximos días, examinaremos la considerable perspicacia de las Escrituras sobre cómo estas dos verdades se armonizan dentro del plan de la redención.

(Adaptado de No hay otro)
[1] Confesión de fe bautista de 1689, capítulo 3, párrafo 1.