Como he aclarado anteriormente, la psicología no es un cuerpo uniforme de conocimiento científico como la termodinámica o la química orgánica. Cuando hablamos de psicología, nos referimos a una colección compleja de ideas y teorías, muchas de ellas contradictorias. La psicología ni siquiera ha probado ser capaz de tratar con eficacia la mente humana ni sus procesos mentales y emocionales. Así difícilmente se puede considerar una ciencia. Kari Kraus, un periodista vienés, hizo este perspicaz comentario: “Pese a su engañosa terminología, el psicoanálisis no es una ciencia sino una religión: La fe de una generación incapaz de alguna otra”.[1]Citado en PsychoHeressy, de Bodgan, p. 23.
Muchos defensores de la psicología simplemente dan por sentado que es una verdadera ciencia.[2]Cf. Gary R. Collins, Christian Counseling: A comprehensive Guide [Consejería Cristiana: Una guía comprensiva], Word, Dallas, TX, 1980, p.19. Pero no lo es. Es una seudociencia: Es la más reciente de varias invenciones humanas destinadas a explicar, diagnosticar y tratar problemas de conducta sin analizar aspectos morales y espirituales. Hace poco más de un siglo estaban en boga los debates sobre una clase diferente de ciencia de la conducta llamada frenología. Esta sostenía que las características de la personalidad estaban determinadas por la forma del cráneo de cada uno. Tal vez haya visto antiguos diagramas de frenólogos; eran mapas de la cabeza con áreas específicas rotuladas, mostrando qué zona del cerebro determinaba una emoción o característica en particular. Un frenólogo palpaba el cráneo de la gente, diagnosticando sus problemas por la ubicación de bultos en su cabeza.
Si piensa que la ciencia de la conducta ha avanzado gran cosa desde entonces, pregúntese cuán razonable sería rodear a un adulto, en posición fetal, con almohadas para que pueda volver a estar en contacto con sus ansiedades prenatales. O considere el tipo de tratamiento sugerido por los defensores de la antigua terapia de los gritos, una metodología que enseña a la gente a sacar fuera sus frustraciones gritando a todo pulmón.[3]Arthur Janov, The Primal Scream [El grito primario], Dell, NY, 1970. ¡Combine esta idea con una terapia de grupo e imagine los resultados! Los miembros del grupo se toman las manos y se gritan unos a otros para desahogar sus problemas. Créase o no, algunos psicólogos utilizan en la actualidad este tipo de terapia y afirman que es definitivamente la más efectiva que la psicología jamás haya descubierto.[4]Daniel Casriel, A Scream Away from Happiness [A un grito de la felicidad], Grosset & Dunlap, NY, 1972. Si me dieran a elegir, ¡creo que optaría por un frenólogo que ande buscando algo en la cabeza!
Jay Adams citó un trabajo que escribió un simposio de Harvard hace más de veinticinco años. El autor pregunta: “¿Dónde estarán los psicoanalistas dentro de veinticinco años?”. Su osada predicción fue: “Tomarán su lugar junto con la frenología y el mesmerismos”.[5]Leo Steiner, “Are Psychoanalysis and religious Counseling Compatible?”. [¿Son compatible el psicoanálisis y la consejería religiosa?]. Trabajo leído en la Sociedad para el Estudio Científico de la Religión, Harvard, noviembre de 1958. Citado por Adams, Capacitado para orientar (pp. 18-19 del original en inglés). Lamentablemente, la predicción resultó demasiado optimista y, lo más extraño, la psicología parece deber su supervivencia a una alianza profana entre la iglesia y la cultura popular.
Los psicólogos no solo venden supuestos tratamientos a un alto precio, sino que también inventan las enfermedades que necesitan esos tratamientos. Su estrategia de venta ha resultado efectiva. Invente problemas o dificultades, insista en ellos hasta que la gente piense que su aflicción supera toda esperanza, y ofrézcales un remedio. Algunos de los problemas imaginarios de nuestra cultura son patéticamente trillados. La autoimagen, nuestra apariencia física, la codependencia, el abuso emocional, la crisis de la edad mediana, las expectativas no satisfechas, todas estas “enfermedades” de hoy, fueron una vez vistas con más acierto como los dolores del egoísmo. El egocentrismo se ha convertido en una estrategia de mercado importante para los psicoterapeutas. Mediante la promoción de la tendencia natural hacia la autoindulgencia, la psicología se ha autovendido a un público deseoso de recibir algo así. Y la iglesia, tontamente, se dejó llevar por la corriente.
La psicología no es más científica que la teoría atea de la evolución en la cual se basa. Como la evolución teísta, la “psicología cristiana” es un intento de armonizar dos sistemas de pensamiento intrínsecamente contradictorios. La psicología moderna y la Biblia no pueden ser mezcladas sin hacer concesiones importantes o sin renunciar por completo al principio de la suficiencia de la Escritura.
Aunque se ha convertido en un negocio lucrativo, la psicoterapia no puede resolver los problemas espirituales de nadie. En el mejor de los casos, puede recurrir ocasionalmente a la intuición humana para modificar superficialmente la conducta. Esta tiene éxito o fracasa de igual manera, tanto en cristianos como en no cristianos, porque es solo un reajuste temporal, un tipo de quiropraxia mental. No puede cambiar el corazón humano y aun los expertos lo admiten.
La próxima semana concluiremos esta serie al examinar cuál es entonces el llamado de Jesús a la iglesia.
(Adaptado de La consejería: Cómo aconsejar bíblicamente)
[2]Cf. Gary R. Collins, Christian Counseling: A comprehensive Guide [Consejería Cristiana: Una guía comprensiva], Word, Dallas, TX, 1980, p.19.
[3]Arthur Janov, The Primal Scream [El grito primario], Dell, NY, 1970.